En El Salvador, el arribo al siglo XX arrastró cambios cosmovisionales importantes, muchos de los cuales generaron un angustioso proceso de adaptación. El acopio de fuentes sobre este período histórico es enorme, pero la orientación de las diferentes interpretaciones que surgen del enfrentamiento a esta realidad del pasado muestra de manera clara la tendencia que domina a los diferentes grupos intelectuales inmersos en tal labor. Es innegable el papel ejercido por la intelectualidad encargada de tales menesteres; tanto es así que el rescate del pasado y su implementación como motor del presente para la construcción de un futuro determinan finalmente el tipo de país que queremos construir.
¿Cuál debería ser el referente que en justicia se deberá imponer como norma para no errar en esta labor tan delicada? Pregunta difícil, la cual muchas veces trata de evadirse apelando a miles de razones, muchas de ellas técnicas, politizando la simplicidad de los hechos contundentes que están regados en la historia como las piedras de un edificio que hay que reconstruir para las presentes y futuras generaciones. ¿Podría ser esta una labor ética, quizás técnica, o la llamaremos acaso científica? Enfrascarnos en una discusión de tales dimensiones nos llevaría por rutas sospechosas, oscuras y seguramente tergiversadoras de la verdad; entendiendo como verdad el dato expresado en hechos compartidos y transmitidos de generación en generación. ¿Qué historia queremos escribir, por qué y para qué? Porque, si nuestro afán al incursionar en la arena de la intelectualidad es solamente blandir las armas sin rescatar la visión de los grupos sociales tradicionalmente silenciados en este largo caminar que llamamos vida humana, ¿a qué grupo de intelectuales queremos pertenecer? ¿Seremos los constructores de la visión contestataria, integrando de manera honesta y rigurosa los múltiples capítulos que están escritos especialmente con la sangre de aquellos que no podrán contar su historia, ni mucho menos pagar a quienes se la escriban? Se perfila de manera clara una motivación ética basada en una racionalidad práctica que apela a valores fundamentales, construidos no desde la palestra del teólogo, sino desde el mismo fundamento de la civilización moderna.