A los jóvenes de El Salvador y Latinoamérica.

La juventud es una época misteriosa y de grandes promesas, porque presupone una frescura especial que no sólo implica la fuerza biológica, sino principalmente la capacidad de poder enfrentarse a los retos que sacuden el mundo. No podemos hablar de juventud sin ambas condiciones; es decir, podría existir alguien que, aun siendo joven en edad, tenga ya su espíritu derrotado y sometido a las fuerzas de la oscuridad y de la muerte. O también, alguien que, ya siendo biológicamente viejo, posea la entereza intelectual y moral de la juventud para convertirse en ejemplo de su generación.
En El Salvador y América Latina se están dando grandes cambios, producto del enfrentamiento a una violencia no sólo física, sino primordialmente cultural, a la que están sometidos los jóvenes de esta época; son fuerzas descomunales que no podemos dejar de mencionar, siendo así que las revoluciones llevadas a cabo en diferentes niveles del quehacer humano están expresándose en este inmenso sector de la humanidad. No son fuerzas neutrales y redentoras, sino plagadas de intereses ocultos que pretenden ejercer el monopolio no solamente de la capacidad de consumo, sino principalmente desplegar una domesticación de estas miríadas de almas que vienen a servir de relevo en esta infinita carrera por la humanización: nuestros jóvenes.
La pretendida libertad de la que en teoría hacen uso los seres humanos, y de la que siempre se han jactado nuestros gobernantes, no ha sido sino el producto disfrazado de un proceso de globalización mundial donde no sólo se busca uniformizar la economía, sino el modo de pensar. De aquí, la juventud se ha de caracterizar por esa rebeldía sana y constructiva conducente a develar las contradicciones entre teoría y práctica; cuestionándose por qué casi siempre los programas televisivos transmiten los logros foráneos en desmedro de las riquezas del mundo latinoamericano, al que, en general, la gran vitrina hollywoodense siempre exhibe bajo el estigma del atraso o la criminalidad. O viendo cómo la ignominia se apodera de los que ven con machacona insistencia la forma en que el mundo latinoamericano empobrecido trata de atravesar la frontera mexicano-norteamericana para encontrarse con el PARAÍSO PROMETIDO desde nuestra más temprana infancia.
Los alemanes no llegaron a barrer las casas de ningún país que no sea el propio, y conste que no es perder la dignidad el llegar a tierras extrañas a realizar labores inferiores, pero sí cuando esta existencia se convierte en el statu quo de toda una generación, y sólo por excepción se podría ascender en estas jerarquías extranjeras. Nuestros jóvenes se van huyendo de un mundo que hay que ocultar, por ser el no-ser de la realidad moderna. Todo este imperialismo de las mentes y los cuerpos es una violencia que se traduce en deseos subconscientes de imitación y negación de los propios valores, reflejando de manera tajante cómo la guerra mediática arrastra a las mentes jóvenes, o no tan jóvenes, en la corriente de la autonegación y castración de las potencialidades que como humanos de manera indiscutible poseemos, y que estamos obligados a desarrollar. Todo esto implica una labor que se afinque en una filosofía de rescate de la esencia de nuestros propios talentos, en su promoción respetuosa; en la construcción de la verdadera jerarquía que la misma naturaleza humana impone, la que hay que respetar para el esencial avance de nuestros países. Sin embargo, tristemente ocurre todo lo contrario: se busca mayoritariamente desarrollar grupúsculos marcados por el nepotismo y un clientelismo criminal que ahoga no sólo las esperanzas de esos talentos salvadores, sino además los ideales de todo un pueblo por superar la miseria, el atraso y la muerte. Así, la juventud debe repensar, dentro de la más profunda de las reflexiones, los derroteros de su propio mundo, apelando al análisis y confrontación de modelos exitosos, pero sobre todo revalorizando su esencial e indiscutible individualidad, con sus riquezas y potencialidades infinitas.
Patrimonio concreto por el que todos debemos luchar con las verdaderas armas de la razón y del espíritu, las cuales son las únicas que realmente pueden construir un mundo mejor.