Uno de los factores más relevantes del desarrollo de los pueblos es su cultura, la cual se podría relacionar con los vocablos Zeitgeist o Volksgeist ya descritos por la filosofía alemana desde finales del siglo XVIII y principios del XIX; y para quienes el proceso cultural en el desarrollo de las naciones y los individuos se puede comparar con el espíritu o alma distintiva que, sin anular la identidad de los individuos que las conforman, los modifica a fin de ser colocados, de acuerdo a su nivel de esfuerzo, en la jerarquía social nacional y mundial.
Esta cultura es el resultado de todo el universo vital que está contenido en cada uno de sus constituyentes humanos, y que a su vez se expresa en cada acción u omisión dentro de su área de influencia. En El Salvador poseemos nuestra propia particularidad cultural, que procede de una especial estructura histórica marcada por el fenómeno de la conquista y posterior mestizaje; lo que determinó un universo social complejo dentro del cual han germinado idiosincrasias nacidas del proceso en cuestión, y que ha configurado un eje de estratificación económica, política y social. Esto no ha existido como un hecho aislado, sino que ha respondido a un plan regional y mundial que partió del gran proyecto de la colonización y conquista europeas. Las determinantes históricas así definidas permiten resolver algunas interrogantes vinculadas al desciframiento de las causas del subdesarrollo personal y colectivo; así como al cuestionamiento de los patrones culturales emanados de las culturas imperiales, que son fiel reflejo de antiguas hegemonías, ya hoy modernizadas con la globalización. ¿Pero cómo incide todo esto en nuestra sociedad salvadoreña? De muchas y variadas maneras; la historia abunda en ejemplos, algunos cruentos y otros no menos tristes; pero más allá de todo este señalamiento resurge la pregunta que nace con el ser humano: ¿Dónde está la cultura que nos ha de salvar del naufragio personal y colectivo?
Pues esa cultura como proyecto está amenazada, en proceso de construcción, o simplemente no se sabe cómo o cuándo crearla. ¿A qué responde todo este fenómeno de acefalia? Muy probablemente estamos hoy, mucho más que en el pasado, frente a un gran plan de desintegración cultural cuya finalidad es la de neutralizar el verdadero desarrollo de los pueblos. Marginados no sólo del avance intelectual —en parangón con los países que crean y producen ciencia y tecnología—, sino desfigurados en nuestra matriz biológica, sometidos a la desnutrición severa, y a niveles de pobreza que enflaquecen no sólo el cuerpo, sino el espíritu. Con estos datos muy difícilmente podremos construir una cultura digna en un mundo que demanda mayor competitividad; seguiremos esperando llegar a un mundial de fútbol y ganar. Mientras tanto, seguiremos engrosando las arcas de quienes se lucran con las esperanzas fallidas nacidas de la pobreza cultural. Seguiremos dejando que nuestros talentos en ciencia, arte o deporte sean adquiridos por naciones oportunistas, en detrimento de la construcción de la verdadera tradición que nos permita edificar un mejor país para vivir y morir.
No debería derivar lo anterior en pesimismos estériles, sino en la clara conciencia de una realidad que se debe modificar de manera autóctona, teniendo en cuenta nuestras variables históricas y socio-raciales; rescatando la naturaleza del verdadero salvadoreño, al cual se le deben brindar las oportunidades necesarias para que se realice como ser humano en todas sus potencialidades.
Hay que cuestionar el amarillismo que distorsiona e indispone a la colectividad no sólo dentro de las fronteras patrias, sino en el mundo entero. Más bien, preguntémonos si tanta violencia no es el síntoma patognomónico de una enfermedad que viene determinada por todo el universo social salvadoreño, el cual hemos arrastrado durante toda nuestra historia; al cual deberemos poner en discusión más allá de la violencia, construyendo así una cultura digna y a la altura de los tiempos.