Serie «Al este del Edén: crítica desde el cristianismo». Entrada IX.

La rebelión que se negó a justificar el crimen nazi y estalinista

El siglo XX no tuvo un solo tipo de verdugo. Algunos asesinaron invocando la raza, la nación y la sangre. Otros construyeron cárceles, campos y procesos amañados en nombre del proletariado, la igualdad y el porvenir.

Una parte considerable de la intelectualidad europea aprendió a condenar con razón el crimen fascista, pero encontró vocablos indulgentes para el crimen revolucionario. Allí donde el cadáver llevaba uniforme nazi veía el mal absoluto; allí donde llevaba sello soviético pedía contexto histórico, paciencia dialéctica o confianza en el futuro.

Albert Camus se negó a aceptar esa contabilidad moral. No fue cristiano, no proporcionó a la dignidad humana un fundamento trascendente y su análisis histórico tuvo lagunas importantes. Pero comprendió una verdad que muchos intelectuales de su tiempo prefirieron ocultar: el asesinato no se convierte en justicia porque el asesino prometa una sociedad sin clases.

La primera obligación de una rebelión justa consiste en no convertirse en aquello contra lo que se rebela.

Una mano detiene una sentencia de muerte, símbolo del límite moral frente al poder.
Ilustración editorial original para «Camus contra el verdugo».

Un hombre de izquierda que rompió la obediencia

Presentar a Camus como un conservador infiltrado en la izquierda sería históricamente falso. En la década de 1930 perteneció al Partido Comunista en Argelia, participó en actividades teatrales de orientación política y denunció la pobreza de la población indígena de Cabilia.

La Stanford Encyclopedia of Philosophy sitúa su militancia comunista en los años treinta y relaciona su expulsión con su negativa a subordinar la cuestión colonial argelina a la estrategia partidaria del Frente Popular. La ruptura, por tanto, no nació de una comodidad burguesa tardía. Surgió dentro de la propia izquierda y de una experiencia directa con la disciplina ideológica.

Durante la ocupación alemana, Camus se comprometió con la Resistencia y llegó a dirigir Combat, periódico clandestino de la izquierda no comunista. Conoció el terror nazi como una realidad política, no como un concepto de biblioteca.

Pero precisamente por haber combatido el nazismo rechazó la idea de que la victoria aliada autorizara una nueva ceguera. Si la dignidad humana había sido la razón para resistir a Hitler, esa misma dignidad debía limitar a los vencedores y juzgar también al comunismo soviético.

Camus no abandonó la izquierda para entrar dócilmente en otro campamento. Criticó el colonialismo, la pena de muerte, la bomba atómica y la lógica bipolar de la Guerra Fría. Su posición fue incómoda porque se negó a entregar la conciencia a cualquiera de los bloques.

1946: ni víctimas ni verdugos

En noviembre de 1946, Camus publicó en Combat una serie de ocho artículos titulada Ni víctimas ni verdugos. La ficha bibliográfica de Internet Archive documenta su aparición seriada en 1946 y su traducción inglesa de 1947.

El título puede inducir a una lectura demasiado pacifista. Camus no ignoraba que la resistencia frente a un agresor puede exigir fuerza. Había vivido una ocupación y colaborado con quienes la combatieron. Su preocupación era más profunda: impedir que la política normalizara el asesinato como instrumento racional de administración histórica.

El verdugo moderno ya no se presentaba siempre como sádico. Podía ser funcionario, intelectual, comisario o militante convencido de estar acelerando el progreso. No mataba necesariamente por placer; mataba porque una doctrina le había enseñado a ver personas concretas como obstáculos provisionales.

La serie atacaba la lógica que exigía elegir entre dos papeles igualmente deshumanizadores: sufrir pasivamente la violencia o reproducirla sin límite. Camus buscaba una política de diálogo, medida y resistencia que no fundara el porvenir sobre cadáveres anónimos.

El problema no era sólo que el siglo produjera asesinos, sino que hubiese fabricado filosofías capaces de absolverlos.

De la rebelión a la revolución

La distinción decisiva de Camus aparece en El hombre rebelde, publicado en 1951. La rebelión comienza cuando una persona sometida dice que existe un límite que no debe ser traspasado. En ese acto no defiende solamente su interés privado: afirma implícitamente una dignidad que comparte con otros.

La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume esa transición mediante la fórmula camusiana que conecta el «yo» que se rebela con el «nosotros» solidario. La rebelión descubre un bien común; la revolución ideológica corre el riesgo de apropiarse de ese bien y aplazarlo indefinidamente.

Cuando la revolución se declara intérprete exclusiva de la Historia, el presente queda subordinado al futuro. El hombre real puede ser encarcelado hoy para que nazca mañana el hombre nuevo. La mentira se vuelve táctica; el proceso judicial, teatro; el campo de trabajo, etapa de reeducación; y la ejecución, necesidad histórica.

Camus identificó allí una transformación monstruosa: la rebelión nacida para poner límites al poder termina creando un poder sin límites.

Rebelión con límiteRevolución absolutizada
Parte de una injusticia concretaInvoca una totalidad histórica
Defiende una dignidad compartidaDivide entre elegidos y obstáculos
Resiste al poder que humillaAspira a monopolizar el poder
Acepta límites morales en los mediosJustifica los medios por el fin
Protege a personas presentesSacrifica generaciones al futuro
Puede corregirseSe declara infalible porque habla por la Historia

El blanco principal de El hombre rebelde fue el crimen convertido en conclusión lógica de una doctrina. Camus no realizó allí una historia simétrica de todos los totalitarismos y su tratamiento del nazismo fue menos extenso que su ataque al comunismo. Esa desproporción debe reconocerse. Pero su principio moral no dependía del color del uniforme: ninguna ideología tiene derecho a declarar prescindible a la persona.

Sartre y el tribunal de la Historia

La publicación de El hombre rebelde provocó la ruptura pública entre Camus y Jean-Paul Sartre. En 1952, Francis Jeanson atacó el libro en Les Temps modernes, revista dirigida por Sartre. Camus respondió al director; Sartre contestó con dureza, y la amistad terminó.

No fue una simple riña entre dos egos literarios. La síntesis académica de Stanford identifica en esa controversia una de las grandes divisiones intelectuales de la Guerra Fría: Camus se convirtió en figura de la izquierda anticomunista, mientras Sartre se aproximaba a la izquierda prosoviética.

Camus atacaba especialmente a quienes denunciaban los campos nazis, pero relativizaban los campos soviéticos como deformaciones temporales de una causa justa. La cuestión no era negar las diferencias históricas entre ambos sistemas. Era rechazar el privilegio moral por el cual un bando podía llamar crimen a la violencia del adversario y progreso a la propia.

Sartre temía que la denuncia del comunismo fortaleciera a la derecha y al bloque occidental. Camus temía algo anterior: que el silencio ante el crimen destruyera la legitimidad moral de toda lucha por la justicia.

La pregunta que los separó puede formularse así:

¿Debe callarse una verdad porque el adversario podría utilizarla, o debe decirse precisamente para impedir que la propia causa se convierta en mentira?

Camus eligió la segunda respuesta. Pagó por ella con aislamiento intelectual. En ciertos ambientes, era más tolerable equivocarse con el Partido que tener razón contra él.

El crimen no cambia de naturaleza al cambiar de bandera

Afirmar que Camus aplicó una misma medida moral al nazismo y al estalinismo no significa declarar idénticas sus doctrinas, sus víctimas, su evolución ni sus mecanismos históricos. Una comparación seria distingue los sistemas y, al mismo tiempo, reconoce aquello que comparten:

  • la subordinación de la persona a una categoría colectiva;
  • la fabricación de enemigos objetivos;
  • la conversión de la ley en instrumento del poder;
  • la eliminación de límites morales independientes del Estado;
  • el uso sistemático de propaganda y mentira;
  • y la justificación del sufrimiento presente mediante una promesa total de regeneración.

El nazismo biologizó al enemigo. El estalinismo lo clasificó política y socialmente. Uno apeló a la raza; el otro, a la clase y a la dialéctica histórica. Las diferencias importan. Pero ninguna de ellas resucita al fusilado ni devuelve su nombre al deportado.

El acierto de Camus consistió en mirar primero a la víctima. Desde el despacho ideológico, el ejecutado podía ser un número dentro de una transición. Desde el rostro concreto, seguía siendo un hombre cuya vida no podía ser restituida por ningún paraíso futuro.

Hungría: cuando los obreros desmintieron a sus supuestos liberadores

La insurrección húngara de 1956 sometió a prueba los discursos de la izquierda occidental. Obreros, estudiantes e intelectuales se levantaron contra el régimen impuesto por la órbita soviética. La intervención militar aplastó la rebelión y obligó a los simpatizantes comunistas de Europa a elegir entre la doctrina y los hechos.

Camus tomó partido por los insurrectos. En La sangre de los húngaros, texto difundido en 1957, negó que pudiera alcanzarse un compromiso moral con un régimen de terror sólo porque se llamara socialista. Su denuncia no fue una celebración irresponsable de una guerra destinada a multiplicar muertos; fue un llamado a no abandonar ni falsificar la memoria de quienes habían resistido.

Hungría destruyó una coartada fundamental: el opresor ya no podía decir que actuaba en nombre de los trabajadores cuando eran precisamente trabajadores quienes se levantaban contra él.

Camus comprendió que el sufrimiento de las víctimas no necesitaba permiso del comité central para ser verdadero. La compasión no debía esperar la línea oficial del Partido.

El escritor no es capellán del poder

Al recibir el Premio Nobel en 1957, Camus afirmó que el escritor no podía ponerse al servicio de quienes fabrican la Historia, sino de quienes la padecen. El discurso oficial del Nobel presenta su compromiso con la verdad y la libertad como obligaciones difíciles, no como adornos retóricos.

Esa concepción devuelve a la inteligencia una tarea que las ideologías intentan abolir: decir lo que el poder no quiere escuchar. El intelectual deja de ser propagandista de la necesidad histórica y vuelve a ser testigo.

Camus no fue siempre coherente ni infalible. Nadie lo es. Pero en este punto su criterio fue notablemente claro: el escritor traiciona su oficio cuando proporciona palabras nobles para ocultar cuerpos reales.

La tarea del intelectual no es perfumar la celda, sino preguntar quién encerró al prisionero y con qué derecho.

Lo que Camus vio y lo que no pudo fundamentar

Desde una perspectiva cristiana, la crítica de Camus debe ser recibida sin adulación y sin mezquindad. Hay que reconocer simultáneamente su grandeza moral y su insuficiencia metafísica.

Camus quiso defender la vida, la solidaridad, la medida y la dignidad dentro de un universo que consideraba silencioso ante la pregunta humana. Su rebelión descubre un límite: hasta aquí, no más. Pero queda abierta la pregunta decisiva: ¿por qué ese límite obliga realmente al verdugo, al Estado y a la mayoría?

Si la dignidad nace únicamente del acto humano de rebelarse, parece depender de una experiencia que no todos reconocen. Si la solidaridad es una decisión construida dentro de la inmanencia, ¿qué impide que otra decisión colectiva la revoque cuando resulte costosa?

El cristianismo ofrece el fundamento que Camus no aceptó: la persona no se vuelve sagrada porque protesta, produce, pertenece a una clase o recibe reconocimiento social. Posee dignidad porque ha sido creada a imagen de Dios y llamada a un destino que ningún poder temporal puede conceder ni cancelar.

San Juan Pablo II formuló el núcleo antropológico del problema en Centesimus annus: cuando el socialismo reduce al hombre a elemento del organismo social, subordina el bien personal al mecanismo colectivo; al negar a Dios, priva de fundamento a la persona.

El Catecismo de la Iglesia Católica, número 676, identifica además el peligro del mesianismo secularizado: la pretensión de realizar dentro de la historia una salvación total que sólo puede consumarse más allá de ella.

La convergencia parcial con Camus es evidente. Ambos denuncian el intento de construir un paraíso político mediante sacrificios humanos. La diferencia está en el fundamento y en la esperanza:

CamusAntropología cristiana
Parte del absurdo y del silencio del universoParte de la creación, la caída y la redención
La rebelión descubre la dignidad comúnLa dignidad precede a toda rebelión
La solidaridad nace entre hombres vulnerablesLa fraternidad se funda en un Padre común
El límite protege la vida presenteLa ley moral juzga todo poder y todo tiempo
La medida contiene la violenciaLa justicia se une a la verdad, la caridad y la gracia
No espera una consumación trascendenteLa esperanza no permite absolutizar ningún régimen histórico

Una advertencia también para los cristianos

Sería hipócrita utilizar a Camus únicamente como arma contra los comunistas y olvidar que su crítica alcanza a todo poder que sacrifica personas por una abstracción. También un gobierno que invoque la nación, la seguridad, el mercado, la democracia o incluso verbalmente la religión puede convertirse en verdugo.

La fe cristiana no bautiza automáticamente a ningún Estado. La autoridad política permanece sometida a la ley moral. Ninguna causa temporal, por necesaria que parezca, puede convertir la tortura, la desaparición o el asesinato del inocente en instrumentos legítimos.

En Centesimus annus, Juan Pablo II advierte que cuando los hombres creen poseer el secreto de una organización social perfecta terminan justificando la violencia y la mentira. La política se transforma entonces en religión secular. Texto completo.

El cristiano puede ir más lejos que Camus precisamente porque dispone de un fundamento más sólido. Pero si tolera al verdugo de su propio bando, queda moralmente por debajo del pensador no cristiano que se atrevió a denunciarlo.

Veredicto

Camus no ofrece una explicación completa de las fuerzas que transformaron la cultura occidental. Tampoco resolvió la tensión entre su defensa de valores universales y su rechazo de un fundamento trascendente. Su filosofía de la medida es moralmente luminosa, pero ontológicamente vulnerable.

Sin embargo, vio con extraordinaria claridad el mecanismo por el cual una causa justa se corrompe: primero declara absoluto su fin; después suspende los límites morales; finalmente llama enemigo de la humanidad a cualquiera que recuerde a las víctimas.

Frente a esa perversión, Camus sostuvo que ningún futuro compensa el asesinato deliberado de la persona presente. Se negó a condenar al verdugo nazi mientras se absolvía al verdugo soviético. Y se negó también a entregar su conciencia al bloque occidental como precio de su anticomunismo.

Camus permaneció lejos del Dios cristiano, pero estuvo suficientemente cerca de las víctimas para reconocer al verdugo, incluso cuando este hablaba en nombre de la humanidad.

Ese testimonio no basta para fundar una antropología completa. Pero basta para avergonzar a quienes, poseyendo una doctrina más alta sobre la dignidad humana, la sacrifican cuando el crimen lleva los colores de su propia causa.

La próxima entrada examinará precisamente esa contradicción: el intento de salvar al hombre después de haber perdido a Dios.

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