Salvar al hombre después de haber perdido a Dios

Figura humana que sostiene una llama sin fundamento visible, símbolo del humanismo de Camus.

Serie «Al este del Edén: crítica desde el cristianismo». Entrada X.

Grandeza moral y límite metafísico de Albert Camus

Albert Camus emprendió una de las empresas más dramáticas del pensamiento contemporáneo: defender al hombre después de haber cerrado el cielo. Quiso conservar la dignidad, la solidaridad, la verdad y el límite moral sin apoyarlos en Dios, en la ley eterna ni en una esperanza situada más allá de la muerte.

No escogió el camino fácil del nihilismo. Tampoco sustituyó al Dios rechazado por el ídolo de la Historia, de la raza, del partido o del progreso. Precisamente ahí reside su grandeza: cuando buena parte de la intelectualidad europea encontraba excusas para el crimen revolucionario, Camus permaneció junto a la víctima y preguntó por qué ningún futuro, por espléndido que se anunciara, podía autorizar el asesinato presente.

Pero esa misma fidelidad abre una dificultad que su filosofía no consiguió resolver plenamente: si el universo es mudo, la muerte definitiva y el hombre carece de una vocación trascendente, ¿por qué cada persona posee un valor absoluto que ni la mayoría, ni el Estado, ni la revolución pueden violar?

Camus vio con extraordinaria claridad lo que debía salvarse. No logró explicar hasta el fondo por qué era sagrado.

Una llama humana sobre un suelo quebrado, contraste entre dignidad intuida y fundamento trascendente.
Ilustración editorial original para «Salvar al hombre después de haber perdido a Dios».

Un moralista ante un cielo vacío

Camus no fue un relativista satisfecho ni un propagandista de la desesperación. Su pensamiento puede comprenderse como la tentativa de vivir y actuar moralmente en un mundo considerado carente de sentido último. La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume la paradoja con precisión: El mito de Sísifo y El hombre rebelde niegan que exista una respuesta última al sentido de la vida y, al mismo tiempo, sostienen respuestas que pretenden ser objetivamente válidas acerca de cómo debemos vivir.

El absurdo nace del choque entre dos realidades: el ser humano no puede dejar de preguntar por el sentido, pero el universo —tal como Camus lo interpreta— no responde. No hay finalidad cósmica, providencia ni reconciliación definitiva. Sólo permanecen la conciencia, el cuerpo, el mundo sensible, los otros y una muerte que clausura toda esperanza ulterior.

Sin embargo, Camus se niega a deducir de ese silencio que todo esté permitido. Su proyecto filosófico se organiza alrededor de dos preguntas sucesivas. La primera, formulada en El mito de Sísifo, es por qué no debo matarme. La segunda, desarrollada en El hombre rebelde, es por qué no debo matar a los demás.

El problema de Camus no fue cómo justificar la desesperación, sino cómo impedir que el absurdo terminara otorgando licencia al suicida y al verdugo.

Del «¿por qué no matarme?» al «¿por qué no matar?»

En El mito de Sísifo, publicado en 1942, Camus sostiene que el reconocimiento del absurdo no conduce lógicamente al suicidio. Para afirmar que la vida carece de sentido hay que estar vivo; la conciencia que formula el juicio ya presupone la vida que pretende negar. La respuesta camusiana no es una demostración metafísica del valor del hombre, sino una decisión de permanecer lúcido, resistir y vivir sin evasiones.

Nueve años después, El hombre rebelde traslada el problema desde el individuo hacia la comunidad. Camus escribe después de los campos nazis, las purgas soviéticas, la guerra mundial y la conversión del asesinato en procedimiento administrativo. Ya no basta preguntar si el individuo puede quitarse la vida; es necesario preguntar si una doctrina puede disponer de millones de vidas en nombre de una humanidad futura.

El texto completo de El hombre rebelde parte precisamente del crimen racionalizado. Camus advierte que el siglo no sólo mata: construye argumentos para demostrar que matar es necesario, científico, progresista o redentor.

Frente a ello aparece su fórmula más célebre: «Me rebelo, luego somos». Cuando el esclavo dice «no», no defiende únicamente un interés privado. Afirma que existe en él algo que no debe ser pisoteado y que ese límite vale también para los demás. La rebelión descubre una comunidad de dignidad entre los seres humanos.

Este paso es moralmente fecundo. El yo herido sale de sí mismo y reconoce un nosotros. La injusticia deja de ser solamente aquello que me perjudica; es aquello que no debe hacerse a nadie.

La medida contra la revolución total

Camus distingue entre rebelión y revolución. La rebelión originaria establece un límite: hasta aquí puede llegar el poder, más allá comienza la degradación del hombre. La revolución ideológica, en cambio, corre el riesgo de absolutizarse. Ya no busca contener una injusticia concreta; pretende fabricar un hombre nuevo y someter la totalidad de la existencia a un diseño histórico.

Cuando la revolución se atribuye la misión de redimir la historia, el presente se vuelve material sacrificable. El encarcelado, el campesino, el disidente o el supuesto enemigo de clase dejan de ser personas concretas y se convierten en obstáculos estadísticos. El crimen recibe un nuevo nombre: necesidad histórica.

Contra esa desmesura, Camus propone la mesure: proporción, equilibrio, conciencia del límite. La revisión filosófica de Stanford destaca que su alternativa a la utopía violenta se apoya en la solidaridad, la autolimitación y una política que renuncia a transformar el mundo mediante el asesinato.

Camus no establece una equivalencia histórica simplista entre todos los regímenes. Su punto es moral: ni el terror irracional de la raza ni el terror racionalizado de la clase pueden convertir al muerto en precio legítimo del futuro.

La revolución promete liberar al hombre de todos los límites; Camus comprende que, cuando desaparece todo límite, el primero que queda indefenso es el hombre mismo.

Lo que Camus consiguió salvar

Sería intelectualmente deshonesto reducir a Camus a «un ateo incoherente» y dar por concluido el análisis. Su obra conservó verdades que muchos creyentes podían confesar con los labios y traicionar en la práctica.

  • La víctima concreta vale más que la abstracción histórica.
  • Ningún fin bueno vuelve bueno un medio criminal.
  • La libertad que destruye toda medida termina destruyéndose a sí misma.
  • El sufrimiento ajeno exige solidaridad y acción, no retórica.
  • La dignidad no puede depender de la utilidad política de una persona.
  • La mentira ideológica prepara la violencia, porque primero borra el rostro y después elimina el cuerpo.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de 1957, Camus vinculó el oficio del escritor con el servicio a la verdad y a la libertad. También afirmó que la tarea de su generación quizá no consistía en rehacer el mundo, sino en impedir que se destruyera. No era una promesa de salvación total. Era una ética de contención frente a una época intoxicada de absolutos políticos.

Esta modestia histórica posee un valor excepcional. Hitler había querido purificar a la humanidad mediante la raza. Stalin pretendía conducirla hacia la sociedad sin clases. Camus desconfió de quien ofrecía el paraíso y exigía cadáveres como anticipo.

El punto exacto de la dificultad

La crítica cristiana debe formularse con cuidado. No afirma que quien no cree en Dios sea incapaz de conocer el bien, practicar la justicia o sacrificarse por otro. La propia tradición católica enseña que la ley moral natural está presente en el corazón de todo ser humano y puede ser conocida por la razón. El Catecismo, números 1954-1960, declara que esa ley es universal y expresa la dignidad de la persona.

Camus puede, por tanto, reconocer auténticas exigencias morales sin profesar la fe cristiana. Su conciencia no es falsa porque sea poscristiana. El problema no se encuentra primero en el conocimiento práctico del bien, sino en su fundamentación última.

Si la dignidad aparece solamente cuando alguien se rebela, ¿qué ocurre con quien no puede hacerlo: el niño por nacer, el enfermo inconsciente, el discapacitado profundo, el anciano sin voz o el prisionero completamente sometido? ¿Poseen dignidad porque pueden protestar, porque otros la reconocen o porque su propio ser ya tiene un valor anterior a toda protesta y reconocimiento?

Aquí la fórmula camusiana debe invertirse. No es la rebelión la que concede dignidad al hombre; es la dignidad previa del hombre la que vuelve justa su rebelión contra la opresión.

La misma Stanford Encyclopedia of Philosophy señala la dificultad: Camus pasa del «yo» al «nosotros» y afirma valores comunes, pero deja a un lado la cuestión ontológica. Describe la experiencia mediante la cual descubrimos solidaridad; no demuestra plenamente por qué todos los hombres, incluso quienes no se rebelan o no pueden hacerlo, poseen igual valor.

Dignidad descubierta y dignidad recibida

CuestiónRespuesta de CamusRespuesta cristiana
Origen de la dignidadSe manifiesta en la rebelión contra la humillaciónPrecede a toda acción: la persona es creada a imagen de Dios
UniversalidadLa rebelión individual descubre un «nosotros» solidarioTodos comparten una misma naturaleza y una vocación trascendente
Límite moralLa medida impide que la rebelión se convierta en asesinatoLa ley natural ordena la libertad hacia el bien objetivo
HistoriaNinguna revolución puede redimirla totalmenteLa historia no se salva a sí misma; la redención viene de Cristo
MuerteEs definitiva y no admite reparación ulteriorNo tiene la última palabra: existe resurrección, juicio y misericordia
EsperanzaFidelidad humana dentro de un horizonte finitoCompromiso presente sostenido por una promesa eterna

Para el cristianismo, la persona no es digna porque el Estado la registre, la sociedad la reconozca, el mercado la necesite o ella consiga defenderse. Es digna porque es alguien, no algo; porque ha sido querida por Dios y llamada a una comunión que ninguna institución humana puede otorgar ni revocar.

El Catecismo, número 1700, enraíza la dignidad en la creación a imagen y semejanza de Dios. Y al hablar de justicia social, afirma que los derechos de la persona son anteriores a la sociedad y constituyen la base moral de toda autoridad. No dependen del permiso del poder; juzgan al poder.

Juan Pablo II formuló la consecuencia política en Centesimus annus: cuando se niega a Dios, la persona pierde su fundamento y el orden social tiende a reorganizarse sin referencia a su dignidad y responsabilidad. No significa que todo no creyente se vuelva totalitario. Significa que el poder queda sin una instancia trascendente ante la cual responder cuando decide quién merece vivir.

La víctima que la historia no puede devolver

El límite más doloroso de Camus aparece ante los muertos. Su ética puede exigir que hoy no asesinemos. Puede honrar la memoria de quienes fueron asesinados. Puede castigar al culpable y trabajar para que el crimen no se repita. Pero, si la muerte es una puerta definitivamente cerrada, ninguna acción devuelve a la víctima la vida que le fue arrancada.

La memoria humana es necesaria, pero no resucita. El monumento conserva un nombre; no restaura una infancia, un amor, una vocación ni los años destruidos. Si no existe juicio más allá de la historia, innumerables verdugos triunfaron realmente: murieron impunes, mientras sus víctimas desaparecieron sin reparación posible.

Benedicto XVI afrontó esta herida en Spe salvi, números 42-44. Ningún progreso futuro puede responder por los siglos de sufrimiento ya consumado. La justicia plena requeriría que lo irrevocablemente pasado no quedara abandonado; por eso la resurrección y el juicio son presentados no primero como amenazas, sino como esperanza para las víctimas.

La respuesta cristiana no dice que debamos tolerar la injusticia presente porque Dios la resolverá después. Dice exactamente lo contrario: cada víctima posee tal valor que su sufrimiento exige nuestra acción ahora y no será olvidado por la eternidad. El verdugo no tendrá la última palabra, pero tampoco la tendrá la tumba.

Un mundo sin Dios puede recordar a sus muertos. Sólo Dios puede devolverles la vida y hacer justicia sin crear nuevas víctimas.

La gracia cristiana tampoco convierte el mal en bien ni borra la responsabilidad. Spe salvi insiste en que justicia y gracia deben permanecer unidas. La misericordia puede transformar al culpable, pero no declara inexistente el crimen ni trata como equivalentes al verdugo y a la víctima.

Camus ante una esperanza que juzgó evasiva

No debemos bautizar retrospectivamente a Camus ni hacerle decir lo que rechazó. Su filosofía eligió pensar sin Dios y sospechó de la esperanza cristiana porque temía que desviara la mirada desde la tierra hacia un más allá consolador. En sus primeros escritos llegó a presentar la esperanza religiosa como una renuncia a la intensidad de la vida presente.

Ese reproche debe interpelar a los cristianos cuando convierten la fe en pasividad, sentimentalismo o indiferencia ante el dolor. Una religión que utiliza el cielo para desentenderse del herido traiciona a Cristo.

Pero la acusación no alcanza el centro del cristianismo. La Encarnación no es la huida de Dios ante la carne, sino su entrada en ella. La Cruz no niega el sufrimiento: expone hasta dónde llega la violencia humana y hasta dónde llega el amor divino. La Resurrección no devalúa esta vida; declara que cada vida concreta importa demasiado para terminar en la nada.

El Concilio Vaticano II afirma en Gaudium et spes, número 22, que Cristo revela plenamente el hombre al propio hombre. Juan Pablo II desarrolla la misma afirmación en Redemptor hominis, números 8-10: el ser humano no se comprende completamente sin el amor, y en la Redención descubre la grandeza y el valor de su humanidad.

Camus quiso que el hombre fuese fiel a la tierra. El cristianismo responde que Dios mismo fue fiel a la tierra hasta asumir un cuerpo, trabajar con manos humanas, sufrir una muerte real y levantar de la tumba la carne que el poder había desechado.

La proximidad y la distancia

Camus se aproxima a la tradición de la ley natural cuando reconoce que existen límites anteriores al capricho del Estado y de la revolución. Se aproxima a la fraternidad cuando descubre que la rebelión del individuo compromete la dignidad de todos. Se aproxima a la moral cristiana cuando se niega a sacrificar al inocente por una promesa colectiva.

Pero se detiene antes del fundamento. Quiere una ley sin legislador último, una fraternidad sin Padre, una dignidad universal sin una naturaleza ordenada hacia un fin, una justicia para los muertos sin resurrección y una esperanza que no pueda superar la tumba.

Su grandeza consiste en no utilizar ese vacío como excusa para convertirse en verdugo. Su límite consiste en no poder demostrar que el vacío jamás terminará devorando las verdades que heroicamente quiso conservar.

Veredicto

Albert Camus debe permanecer en este proyecto como testigo útil, no como guía integral. Es útil porque desenmascara la religión secular de la Historia, niega al partido el derecho de absolver el asesinato y recuerda que la víctima vale más que el sistema que promete justificarla.

No es guía integral porque su humanismo conserva la conclusión moral mientras rechaza el fundamento metafísico y la esperanza última que pueden sostenerla. Camus sabe que el hombre no debe ser tratado como material. El cristianismo explica por qué: es persona, imagen de Dios, llamada a una vida que trasciende al Estado, al mercado y a la muerte.

La fe no garantiza automáticamente la coherencia moral; los creyentes también pueden traicionar al hombre. La incredulidad tampoco impide toda lucidez; Camus la poseyó en grado extraordinario. La diferencia aparece cuando preguntamos no sólo quién defendió mejor a la víctima en una coyuntura histórica, sino qué visión del mundo puede afirmar que su valor es absoluto, incluso cuando todos la abandonan y ya no puede defenderse.

Camus pudo impedir que el hombre se convirtiera en verdugo. No podía devolverlo de la tumba. El cristianismo proclama que la dignidad precede a la rebelión, que la justicia supera a la Historia y que la muerte no tiene la última palabra.

Después de esta pausa filosófica, la investigación regresará a las estructuras materiales que financiaron la transformación cultural. La siguiente entrada será: «La banca que no tenía fe: crédito cinematográfico, rentabilidad y mutación del juicio moral».

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