«La Iglesia condena la persistencia de la esclavitud bajo cualquier nombre jurídico o administrativo. Ninguna forma modernizada de la servidumbre humana escapa a esa condena doctrinal.»
Síntesis del contenido doctrinal de In plurimis, León XIII, 5 de mayo de 1888, carta a los obispos del Brasil sobre la abolición de la esclavitud.
«Solamente el 21 de marzo, por orden expresa del capitán general Dulce, salen 250 deportados a bordo del San Francisco de Borja, con destino a la isla Fernando Poo […]. Fueron sentenciados a la deportación como única manera de evitar su fusilamiento, que los voluntarios reclamaban estentóreamente.»
Juan Bosch, glosa documental sobre la orden de la Capitanía General de La Habana, 21 de marzo de 1869 (Cuba, la isla fascinante).
§1. Una isla para lo que la metrópoli no podía nombrar
Hay decisiones estatales que no se escriben en su nombre verdadero. Fernando Poo, en el Golfo de Guinea, fue durante casi cuatro décadas el nombre eufemístico de una decisión que la España liberal no quería inscribir en su propio lenguaje jurídico: matar sin fusilar.

El razonamiento administrativo era el siguiente. Un régimen que se presentaba como constitucional, católico, civilizado y moderno no podía permitirse fusilamientos masivos cada vez que la insurrección cubana, la abolición formal de la esclavitud o la persecución de las sociedades secretas negras producían cientos de cuerpos que el orden colonial no toleraba. El fusilamiento en La Habana levantaba protestas. El fusilamiento en Madrid tenía costo político. El fusilamiento en Cádiz era inaceptable. Pero el envío a una isla insalubre en el trópico africano, sin garantías médicas, sin retorno organizado, con malaria endémica, con trabajos forzados bajo el sol o bajo lluvia intensa, no aparecía en las estadísticas de la pena capital.
Era una condena a muerte administrativa. La isla hacía el trabajo del pelotón.
Ese es el núcleo doctrinal del arco que aquí abrimos. No estudiamos Fernando Poo como una curiosidad colonial menor ni como un episodio arqueológico de la periferia imperial. Estudiamos Fernando Poo como el laboratorio donde el liberalismo hispánico ensayó, entre 1862 y 1898, la técnica administrativa que después, en 1932, cruzaría el Atlántico y aterrizaría en el occidente de El Salvador. Cambia el color de los cuerpos, cambia la latitud, cambian los uniformes. No cambia la operación de fondo: construir a un grupo humano como peligroso, sustraerlo del régimen ordinario de garantías jurídicas y depositarlo en un espacio donde la muerte llegue sin necesidad de firma.
§2. La cronología larga (1862–1899)
La documentación reunida por Isabela de Aranzadi, Xavier Márquez Quevedo y otros historiadores del período permite reconstruir cinco momentos.
1862. Primera oleada. Doscientos «emancipados» —africanos declarados libres tras la abolición formal del tráfico transatlántico en 1817 y su ratificación en 1835, pero jurídicamente flotantes— son enviados a Fernando Poo bajo la categoría de mano de obra necesaria para el desarrollo de la colonia. La libertad formal se resuelve como deportación funcional. La abolición había cambiado la palabra, no la operación.
1866. Primera deportación política en tiempos del Capitán General Lersundi. La prensa española registra, aunque de manera fragmentaria, el envío de ñáñigos —miembros de la sociedad secreta afrocubana Abakuá, fundada en 1836— hacia Bioko. La represión religiosa y racial encuentra en la geografía africana su forma administrativa perfecta: devolver al «peligroso» a la matriz de origen que la modernidad europea había clasificado como su exterior antropológico.
21 de marzo de 1869. El hecho fundacional del arco. Por orden expresa del Capitán General Domingo Dulce y Garay, 250 insurrectos apresados durante el levantamiento de Las Villas embarcan en el vapor San Francisco de Borja con destino a Fernando Poo. La historiografía cubana, apoyada por Juan Bosch en Cuba, la isla fascinante, es explícita: fueron sentenciados a la deportación como única manera de evitar su fusilamiento, que los Voluntarios peninsulares reclamaban estentóreamente. En una sola frase queda dicho todo: no había clemencia; había cálculo político. El fusilamiento habría producido mártires visibles. La deportación produjo muertos invisibles.
1881. Otra oleada de deportación política. La represión se estabiliza como técnica.
30 de marzo de 1897. El vapor Larache zarpa de Cádiz con 206 ñáñigos a bordo, escoltado por fuerzas de la marina. Llega a Canarias el 2 de abril y a Fernando Poo el 16 del mismo mes. Emilio Valdés Infante, deportado que dejó testimonio publicado en 1898, viajó en aquel barco. El 28 de junio de 1897 se anuncia el envío de otros 80 ñáñigos desde Cádiz. La represión pre-independentista se acelera. Cientos de ñáñigos son deportados adicionalmente a la Península en ese mismo año.
1898. Una Real Orden de indulto contempla la liberación de deportados, pero excluye expresamente a «ñáñigos, cuatreros y anarquistas». La excepción es doctrinalmente reveladora: son las tres categorías del sujeto liberal-positivista construido como irrecuperable. Sólo tras la declaración de la independencia de Cuba, en diciembre de 1898, se indulta a los últimos. En enero de 1899 todavía había cubanos en Fernando Poo esperando el retorno.
Treinta y siete años. Miles de cuerpos. Un instrumento perfeccionado.
§3. La palabra que hacía el trabajo: «deportación»
El régimen liberal español conservó su respetabilidad internacional mediante una operación lingüística sencilla. No hablaba de exterminio. Hablaba de deportación. La palabra deportación asume tres cosas que técnicamente no eran verdaderas: que el sujeto es enviado, no eliminado; que el destino es un lugar, no una condena; y que el regreso es posible, aunque de hecho la malaria, la disentería, la fiebre amarilla, los trabajos forzados y el hambre lo hicieran estadísticamente improbable.
Bosch resume el mecanismo con precisión clínica: «Los convictos se emplean para hacer carreteras y cortar árboles durante largas jornadas al resistero del sol o bajo intensas lluvias. La malaria mató muchos de ellos.»
La isla ejecutaba la sentencia que el Estado no quería firmar.
Esta es una operación específicamente moderna, específicamente liberal y específicamente positivista. El Antiguo Régimen podía condenar públicamente a la horca. Necesitaba el ritual, la plaza, el verdugo, el confesor, la última palabra del reo. La modernidad liberal no puede permitirse ese teatro sin comprometer su propia legitimación humanitaria. Su solución no es dejar de matar. Su solución es matar de manera administrativa, geográfica y climatológica, para que la responsabilidad quede diluida entre el mar, el trópico y la burocracia.
Fernando Poo es la primera realización sistemática de esa técnica en el ámbito hispánico. Antes de las Islas Marías mexicanas, antes de la Isla del Diablo francesa, antes de los campos de concentración españoles del siglo XX, antes de Fernando de Noronha, antes de todas las variantes latinoamericanas del confinamiento insular, está esta isla en el Golfo de Guinea.
§4. La fabricación del sujeto prescindible: ñáñigos, insurrectos, cuatreros, anarquistas
La deportación no fue indiscriminada. Se hizo posible porque previamente se había construido, con lenguaje médico, criminológico y antropológico, la categoría del sujeto irrecuperable. Cuatro figuras la ocuparon sucesivamente.
El ñáñigo, miembro de la Abakuá, considerado por la ciencia colonial simultáneamente supersticioso (por su vínculo con religiones afrocubanas), criminal (por su organización secreta), racialmente inferior (por su ascendencia africana) y políticamente peligroso (por su asociación con la insurgencia independentista tabaquera). La construcción reunía en un mismo cuerpo la teología condenatoria del «paganismo», la criminología lombrosiana del delincuente nato y la antropología racial del blanqueamiento. Es el mismo circuito intelectual que en El Salvador de 1932 hará posible identificar al indígena occidental como comunista, y por tanto como prescindible.
El insurrecto, cubano blanco o mestizo con recursos, deportado por su participación en las guerras de independencia. La categoría se aplicó a hombres letrados, en algunos casos vinculados a las redes masónicas de la insurgencia. Su tratamiento fue formalmente más benigno que el del ñáñigo —a veces se les permitía cultivar tabaco, algunos ganaron premios en la Exposición de Amsterdam de 1878 por sus cigarros—, pero seguía siendo deportación forzosa.
El cuatrero, categoría rural que criminalizaba el uso comunal de tierras y la resistencia al latifundio azucarero.
El anarquista, incorporado tardíamente cuando la conflictividad obrera peninsular exportó a la isla africana su propia versión del sujeto no-integrable.
Las cuatro categorías comparten la estructura común identificada en el arco salvadoreño: no son enfermos ni son delincuentes ordinarios; son construcciones antropológico-jurídicas del sujeto exterior al pacto liberal. El Estado moderno no los procesa por lo que han hecho. Los procesa por lo que se ha decidido que son.
§5. La red que este arco documenta
La serie no se sostendrá en denuncia. Se sostendrá en documentación. Los archivos disponibles —Sección Ultramar del Archivo Histórico Nacional de Madrid, expedientes de la Capitanía General de La Habana, prensa peninsular y colonial de 1865 a 1899, testimonios de deportados como Valdés Infante y Balmaseda, documentación consular británica sobre Fernando Poo— permiten reconstruir con precisión biografías, fechas de embarque, nombres de navíos, oficiales de escolta, autoridades firmantes y correspondencia diplomática.
Y permiten reconstruir algo más importante para nuestra tesis: la continuidad intelectual entre quienes gestionaron aquel dispositivo y quienes después redactarían la antropología positivista latinoamericana. Fernando Ortiz, discípulo directo de Lombroso, escribe su tesis fundacional Los negros brujos precisamente sobre la categoría del ñáñigo. La misma tradición criminológica que envió cientos de ellos a Fernando Poo produce, dos décadas después, el manual antropológico que legitimará su categoría. La red no se disuelve; se sedimenta en libros.
§6. Por qué esta isla explica lo que vendrá
El lector que llega a esta entrada desde el arco salvadoreño reconocerá la operación. En 1932, el Estado martinato no fusiló abiertamente a treinta mil campesinos indígenas del occidente cafetalero. No podía hacerlo en el lenguaje formal del Estado liberal centroamericano de posguerra. Pero podía —y lo hizo— construir a esos campesinos como comunistas, indígenas, atrasados, peligrosos, y sustraerlos del régimen ordinario de garantías mediante una operación militar denominada «restablecimiento del orden». El resultado material fue equivalente al fusilamiento masivo. La diferencia estuvo en la palabra.
Entre Fernando Poo 1869 y Santa Ana 1932 median sesenta y tres años, un océano, dos idiomas administrativos distintos y una serie de mediaciones intelectuales. Pero la estructura profunda es la misma. Un Estado liberal moderno no admite pública y jurídicamente lo que sin embargo ejecuta de manera diferida.
Esta serie, capítulo a capítulo, reconstruirá ese trayecto. La Entrada 2 examinará la primera oleada de emancipados de La Habana (1862). La Entrada 3 se detendrá en la travesía del San Francisco de Borja. La Entrada 4, en la literatura de los deportados. La Entrada 5, en la construcción específica del ñáñigo como sujeto peligroso. La Entrada 6, en la deportación política de 1880 y su significado en la crisis del imperio. La Entrada 7, en la última oleada de 1897. La Entrada 8, en la comparación con otros archipiélagos penales del continente. La Entrada 9, que hará de bisagra al arco salvadoreño, articulará explícitamente la conexión entre Fernando Poo y San Salvador.
Aquí, en la Entrada 1, sólo establecemos la hipótesis: la isla fue inventada para hacer aquello que la ley del Estado moderno se negaba a firmar en su propio nombre. Todo lo demás es el desarrollo documental de esa hipótesis.
Mario Oliva Mancía
Fuentes fundamentales
Aranzadi, Isabela de. «Presencia de la sociedad abakuá en Fernando Poo a finales del siglo XIX. Deportados ñáñigos cubanos en la prensa española», Coloquios de Historia Canario Americana, Las Palmas de Gran Canaria.
Aranzadi, Isabela de. «El legado cubano en África. Ñáñigos deportados a Fernando Poo. Memoria viva y archivo escrito», Afro-Hispanic Review, vol. 31, núm. 1 (Spring 2012), pp. 29–60.
Aranzadi, Isabela de. Cuban heritage in Africa: Deported Ñáñigos to Fernando Po in the 19th century, 2014.
Bosch, Juan. Cuba, la isla fascinante. Referencia documental a la orden del Capitán General Domingo Dulce y Garay, La Habana, 21 de marzo de 1869.
Márquez Quevedo, Xavier. Estudios sobre la escala canaria en las deportaciones a Fernando Poo, 1998.
Valdés Infante, Emilio. Testimonio del deportado, La Habana, 1898.
Unzueta, Ángel de. Islas del Golfo de Guinea, con referencia al premio de la Exposición Internacional de Amsterdam de 1878.
León XIII. In plurimis, carta apostólica a los obispos del Brasil sobre la abolición de la esclavitud, 5 de mayo de 1888.
Archivo Histórico Nacional (Madrid), Sección Ultramar, expedientes de deportaciones a Fernando Poo (1862–1898).
Prensa peninsular y colonial: La Época (Madrid), Diario de Las Palmas, boletines oficiales de la Capitanía General de La Habana.
Archivo Histórico Provincial de Matanzas, Libro APM Religiones Africanas (1897–1904), sobre remisiones para deportación por «ñáñigos y cuatreros».