Napoleón, el Concordato y la ruptura con la matriz revolucionaria (1799–1815): la regla del ejecutor

Imagen de portada de la entrada sobre Napoleón, Pío VII y el Concordato de 1801

Epígrafe doctrinal

«Napoleonem Bonaparte, qui apostolicae Sedis ditionem invasit, qui ipsam sanctam Urbem Nostram in imperium suum redegit, quique tot alia in Ecclesiam romanam et in Nos ipsos scelera admisit, excommunicationis maioris censura, aliisque poenis ecclesiasticis a sacris canonibus statutis innodatum esse declaramus… nec ab hoc anathematis vinculo ullus praeter Nos aut successores Nostros absolvere eum poterit.»

«Declaramos a Napoleón Bonaparte, quien invadió el patrimonio de la Sede Apostólica, quien redujo a su imperio nuestra propia santa Ciudad, y quien contra la Iglesia romana y contra Nós mismos cometió tantos otros crímenes, incurso en la censura de excomunión mayor y en las demás penas eclesiásticas establecidas por los sagrados cánones… y ninguno fuera de Nós o de nuestros sucesores podrá absolverlo de este vínculo del anatema.»

Pío VII, bula Quum memoranda illa, 10·VI·1809

Epígrafe del corpus condenado

«La tyrannie qui pesait sur la France est enfin brisée. La Grande Loge, qui n’a jamais cessé de professer les principes d’ordre, de fidélité et de liberté véritable, salue avec allégresse le rétablissement de la Maison auguste des Bourbons, protectrice éclairée de nos travaux depuis les temps les plus reculés.»

«La tiranía que pesaba sobre Francia está finalmente rota. La Gran Logia, que jamás ha dejado de profesar los principios de orden, de fidelidad y de libertad verdadera, saluda con júbilo el restablecimiento de la Casa augusta de los Borbones, protectora ilustrada de nuestros trabajos desde los tiempos más remotos.»

Circulaire del Suprême Conseil du Grand Orient de France, mayo de 1814, tras la primera abdicación imperial

I. Napoleón antes del poder: Egipto, Brumario, Marengo (1798–1800)

Para leer con precisión doctrinal la relación de Napoleón Bonaparte con el proyecto naturalista europeo que las tres entregas anteriores han reconstruido, conviene fijar tres momentos que preceden al poder personal y que definen las coordenadas operativas dentro de las cuales el general corso tomará más tarde sus decisiones.

Egipto (mayo 1798 – agosto 1799). La expedición de Egipto no es solo empresa militar. Es también empresa doctrinal: 167 sabios, ingenieros, orientalistas, matemáticos y arqueólogos acompañan al ejército con la misión de fundar en El Cairo el Institut d’Égypte según el modelo del Instituto Nacional de Francia. El programa cultural es ilustrado en el sentido más preciso: descristianización de la memoria mediterránea, recuperación selectiva del legado faraónico prehelénico, difusión del sistema métrico decimal, imprenta con caracteres árabes para propagación de las conquistas revolucionarias. La expedición fracasa militarmente pero establece un capital simbólico que Napoleón capitalizará durante toda su carrera política. Y establece también, para lo que aquí interesa, una constelación de relaciones con las obediencias masónicas del Mediterráneo oriental —singularmente con la logia Isis, fundada bajo protección francesa en El Cairo en 1798— que después de la evacuación francesa continuará operando y que en el siglo XIX dará origen a la matriz masónica egipcia moderna.1

Brumario (9–10 de noviembre de 1799). El golpe de Estado del 18 de brumario, ejecutado por Napoleón, Sieyès y Ducos con el respaldo militar del general Lefebvre y con la mediación decisiva de Talleyrand y de Fouché, cierra el ciclo del Directorio. La operación es notable por dos características que la historiografía académica dominante suele subrayar por separado sin trazar la conexión: por una parte, la totalidad del establishment revolucionario superviviente al Terror —termidorianos, ex jacobinos moderados, financieros ligados a los suministros de los ejércitos— apoya al golpe; por otra parte, la composición confesional y filial del núcleo conspirativo es abrumadoramente masónica. Sieyès, Talleyrand, Fouché, Cambacérès, Roederer, Lucien Bonaparte, el propio Napoleón desde su iniciación en Malta en junio de 1798 (episodio disputado pero verosímil), pertenecen todos a logias o a redes de sociabilidad iniciática documentadas.2

Marengo (14 de junio de 1800). La victoria in extremis sobre las fuerzas austriacas del general Melas consolida el poder consular de Napoleón y hace posible lo que aún era imposible en Brumario: la negociación con Roma. Es tras Marengo cuando Napoleón formula, en conversación con su hermano José y con el ministro de Cultos Portalis, la reflexión política decisiva: «No se gobierna Francia sin resolver la cuestión religiosa. Los franceses son católicos aun cuando no lo saben. Y la Vendée no se pacifica con cañones».3

Esa reflexión es la matriz de todo lo que vendrá. Napoleón no es un ideólogo religioso, ni un restaurador doctrinal, ni un cristiano en ningún sentido teológicamente reconocible. Es un pragmático que ha comprendido que el proyecto revolucionario de descristianización total es económicamente inviable, militarmente contraproducente (la Vendée se lo ha demostrado durante siete años) y políticamente destructor de la base de reclutamiento del propio Estado. Su cálculo es funcional: recuperar el culto como institución auxiliar del poder, no como reconocimiento del orden sobrenatural.

II. El Concordato del 15·VII·1801: Consalvi, Spina, Bernier, la negociación de la restauración funcional

Las negociaciones formales comienzan en Roma en agosto de 1800, apenas dos meses después de Marengo, y se prolongan durante once meses en tres sedes sucesivas —Roma, París, y finalmente Vergara. Por parte de la Santa Sede, el negociador principal es el cardenal Ercole Consalvi, secretario de Estado de Pío VII —el pontífice recién elegido el 14 de marzo de 1800 en el cónclave veneciano celebrado durante la ocupación republicana de Roma. Consalvi es asistido por el arzobispo de Corinto Giuseppe Spina, prelado napolitano de gran experiencia diplomática, y por el teólogo carmelita padre Charles Caselli. Por parte de Francia, el negociador principal es el hermano del cónsul, José Bonaparte, asistido por el ministro de Cultos Jean-Étienne-Marie Portalis y —esto es lo doctrinalmente significativo— por el abate Étienne-Alexandre Bernier, sacerdote refractario que había servido a la causa vendeana desde 1794 como capellán del ejército de Charette y que ahora, tras haberse acogido a la amnistía napoleónica, negocia por la Francia consular la restauración religiosa que su antigua causa había defendido a costa de doscientas mil vidas.4

La firma tiene lugar en París el 15 de julio de 1801 —día del aniversario de la caída de la Bastilla que ya no se conmemora oficialmente en Francia bajo el Consulado— tras una crisis final resuelta por Consalvi con una maniobra procedimental que salvó el reconocimiento doctrinal esencial. El texto, en 17 artículos, establece los siguientes puntos de equilibrio:

  • La religión católica es religión de la gran mayoría de los franceses —fórmula deliberadamente escogida en lugar de religión de Estado, que Roma habría preferido pero que Napoleón rehusó.
  • Las diócesis se redibujan según los departamentos administrativos (con 60 diócesis en lugar de las 135 previas a 1789).
  • El Papa exigirá la renuncia a todos los obispos, tanto refractarios como constitucionales, para reconstituir la jerarquía francesa sobre base uniforme.
  • El Primer Cónsul nombrará a los nuevos obispos, quienes recibirán la investidura canónica del Papa antes de tomar posesión de sus sedes.
  • Los obispos y párrocos jurarán fidelidad al gobierno; el Estado pagará una congrua eclesiástica; los bienes eclesiásticos confiscados durante la Revolución quedan definitivamente en manos de sus adquirientes.

Consalvi vio en el Concordato lo que doctrinalmente era: la restauración de la comunión jerárquica de la Iglesia francesa con Roma tras diez años de cisma constitucional, más el reconocimiento formal de la libertad de culto católico en el territorio francés. Napoleón vio lo que operativamente era: un instrumento de pacificación social —singularmente en la Vendée y en la Bretaña— y una máquina de encuadramiento burocrático del clero francés bajo autoridad estatal. La ambigüedad estructural del acuerdo estaba instalada desde el primer día. Los diez años siguientes servirán para desdoblarla hasta el choque abierto de 1809.5

Página con las firmas del Concordato del 15 de julio de 1801 entre la Santa Sede y la República Francesa
Concordato del 15 de julio de 1801 entre la Santa Sede y la República Francesa: página con firmas por parte pontificia (Consalvi, Spina, Caselli) y por parte francesa (José Bonaparte, Bernier, Cretet).

III. Los Artículos Orgánicos (8·IV·1802): la Constitución Civil reintroducida por la puerta de atrás

El Concordato debía promulgarse en Francia como ley de la República tras su ratificación por los cuerpos legislativos. El 8 de abril de 1802, Napoleón añade unilateralmente al texto concordatario 77 artículos adicionales que serán conocidos como los Articles organiques. La operación es doctrinalmente decisiva y merece precisión.

Los Artículos Orgánicos no fueron negociados con Roma. Fueron redactados en el Ministerio de Cultos y presentados como ley interna francesa de aplicación del Concordato, no como enmiendas al mismo. Su contenido reintroduce, término por término, buena parte de la Constitución Civil del Clero de 1790 que la propia Revolución había impuesto y que había provocado el cisma:

  • Ningún documento pontificio, ni bula, ni breve, ni rescripto, puede publicarse ni ejecutarse en Francia sin autorización previa del Gobierno (artículo 1).
  • Ningún nuncio, legado o vicario apostólico puede ejercer funciones en Francia sin autorización del Gobierno (artículo 2).
  • Los concilios nacionales, metropolitanos o diocesanos deben ser autorizados por el Gobierno (artículos 3–4).
  • Los seminaristas jurarán las cuatro proposiciones galicanas de 1682 (artículo 24) —la Declaración del clero de Francia que subordinaba el poder pontificio al episcopal en materia disciplinar y que había sido el gran punto de conflicto galicano-romano del siglo XVII.
  • El Estado fija el número, la ubicación y el régimen interno de los seminarios (artículo 25).
  • La liturgia, el catecismo y el calendario litúrgico deben ser aprobados por el Gobierno (artículos 39, 40, 44).6

Pío VII protesta oficialmente el 24 de mayo de 1803 mediante alocución consistorial pronunciada en Roma, denunciando los Artículos Orgánicos como violación unilateral del Concordato y demandando su retirada. Napoleón no responde. La Santa Sede reserva su posición pero no puede impedir la aplicación material. La estructura ambigua del acuerdo queda instalada como sistema de conflicto permanente: comunión jerárquica formal restaurada, pero jurisdicción eclesiástica sustancialmente controlada por el Estado bajo cobertura del propio texto concordatario.

IV. Coronación (2·XII·1804) y calendario gregoriano restituido (1·I·1806): la teatralización de la reconciliación y la utilidad política del culto

Napoleón se hace coronar Emperador de los Franceses en Notre-Dame de París el 2 de diciembre de 1804. Pío VII acepta viajar desde Roma para presidir la ceremonia —contra el parecer de la mayoría del Sacro Colegio, y por decisión personal apoyada solo por Consalvi con el argumento de que la presencia pontificia era la última salvaguarda para inclinar al nuevo Imperio hacia una restauración doctrinal más profunda. La ceremonia se ejecuta según ritual romano hasta el momento clave: Napoleón toma la corona imperial de manos del Papa y se autocorona, coronando después a Josefina. La lectura política del gesto es unánime en los cronistas contemporáneos: Napoleón deja constancia visual, ante toda Europa, de que su poder no viene de la unción sacramental sino de sí mismo. El Papa está allí como testigo, no como fuente de legitimidad.7

Jacques-Louis David, Le Sacre de Napoléon, óleo sobre tela, 1805-1807, Museo del Louvre. Ceremonia del 2 de diciembre de 1804 en Notre-Dame de París
Jacques-Louis David, Le Sacre de Napoléon (1805–1807), Museo del Louvre. Napoleón, tras haber tomado la corona imperial de manos de Pío VII, corona a Josefina. Ceremonia del 2·XII·1804 en Notre-Dame de París.

El 1 de enero de 1806, decreto imperial: se restituye el calendario gregoriano en toda Francia, después de doce años de vigencia del calendario republicano decretado por la Convención el 5 de octubre de 1793. El domingo vuelve a ser día festivo; las fiestas litúrgicas —Navidad, Epifanía, Pentecostés, Asunción, Todos los Santos, la Inmaculada Concepción, los santos patronos de las parroquias— recuperan su lugar en el ritmo civil de la vida francesa. La medida es doctrinalmente ambigua en el sentido preciso que caracteriza todo el sistema napoleónico: por una parte, reconoce la imposibilidad histórica del calendario revolucionario y la profunda estructura cristiana del tiempo social europeo; por otra parte, la razón declarada del decreto es facilitar el comercio con las naciones extranjeras que conservan el calendario común, no restaurar la ordenación teologal del tiempo. La razón funcional prima sobre la razón doctrinal, incluso cuando el efecto material es idéntico al que produciría la razón doctrinal.8

V. Las tres fases de la relación con el Grand Orient de France: instrumentalización, tensión, abandono formal

La relación de Napoleón con el establishment masónico francés atraviesa tres fases claramente identificables, cada una con documentación institucional propia, y cuya reconstrucción precisa es indispensable para entender lo que ocurrirá en 1814–1815.

Fase 1 · Instrumentalización (Consulado, 1799–1804). Bajo el Consulado, la restauración del Grand Orient de France —desarticulado durante el Terror— se ejecuta bajo protección del régimen. Roëttiers de Montaleau y Alexandre-Louis Roëttiers de Chabannes reorganizan la obediencia en 1799–1801, y la elección de Jean-Jacques Régis de Cambacérès —Segundo Cónsul, luego Archicanciller del Imperio, brazo derecho jurídico de Napoleón, redactor principal del Código Civil— como Gran Maestre Adjunto del Grand Orient en 1804 sella la integración funcional. José Bonaparte es simultáneamente elegido Gran Maestre en título. La cúpula del Estado y la cúpula de la obediencia masónica dominante coinciden sustancialmente. Los generales del ejército imperial —Kellermann, Lefebvre, Ney, Murat, Masséna, Berthier, Bernadotte, Marmont, Soult— están masivamente afiliados; el propio Service historique de la Défense conserva las listas nominales de logias militares imperiales con más de 1.200 oficiales identificados.9

Fase 2 · Tensión (Imperio, 1804–1812). Con la proclamación imperial y sobre todo tras el Concordato y los Artículos Orgánicos, la relación se hace más ambigua. Napoleón desconfía estructuralmente de toda estructura organizativa que no dependa directamente del Estado: prohibe las jesuitas en 1804 (aunque estaban ya prohibidos por el Antiguo Régimen), disuelve las congregaciones religiosas femeninas no directamente auxiliares al Estado, controla la prensa, subordina las cámaras de comercio, y sobre las logias impone un régimen de vigilancia y control estatal que, sin ser persecución, restringe la autonomía organizativa. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado —constituido formalmente en Francia en 1804 bajo influencia del Suprême Conseil de Charleston, Estados Unidos— es tolerado pero mantenido en tensión con el Grand Orient orgánicamente ligado al régimen. Las lealtades se desdoblan: buena parte de las obediencias imperiales sirven al régimen mientras dura su utilidad, y buena parte de las obediencias escocesas mantienen una reserva doctrinal que se activará cuando cambie el viento político.

Fase 3 · Abandono formal (1813–1814). Tras la retirada catastrófica de Rusia (invierno 1812–1813) y la derrota decisiva de Leipzig (16–19 de octubre de 1813), la coalición europea contra Napoleón se recompone y avanza sobre Francia. El establishment masónico francés lee las señales políticas y comienza a preparar la restauración monárquica. Cuando el 6 de abril de 1814 Napoleón abdica en Fontainebleau, la respuesta de la cúpula masónica es fulminante: en mayo de 1814, el Suprême Conseil del Grand Orient publica la Circulaire cuya cita encabeza esta entrega, calificando el régimen imperial extinto como tyrannie y saludando el retorno de la Maison auguste des Bourbons. La cúpula que había servido al régimen durante quince años lo repudia formalmente en cuestión de semanas.10

Esta secuencia no es azar coyuntural. Es la primera aplicación histórica moderna, en plena luz institucional, de una regla operativa que las entregas anteriores habían dejado formulada solo en teoría: la lealtad del establishment masónico se debe al programa doctrinal, no al ejecutor personal. Cuando el ejecutor sirve al programa, el establishment lo sostiene; cuando el ejecutor se personaliza más allá del programa, el establishment lo repudia. Esta regla será el hilo interpretativo de la sección VIII.

VI. La excomunión de 1809 y la cautividad de Pío VII: la fase de choque doctrinal abierto

Paralelamente al desdoblamiento de la relación con el Grand Orient, la relación con la Santa Sede entra en 1805 en un deterioro que culminará cuatro años después en el choque doctrinal más grave del pontificado napoleónico y en uno de los momentos más dramáticos de la historia moderna del papado.

Napoleón exige de Pío VII adhesión al Bloqueo Continental contra Inglaterra, decretado en Berlín el 21 de noviembre de 1806. Pío VII responde que los Estados Pontificios no pueden entrar en guerra con potencias que no los han atacado y que la neutralidad es constitutiva de la misión temporal papal en cuanto salvaguarda de la libertad espiritual del pontífice. Napoleón interpreta la respuesta como acto de hostilidad. El 2 de febrero de 1808, el general Miollis entra con las tropas francesas en Roma sin declaración de guerra formal. El Papa se refugia en el Quirinal. La ocupación se prolonga durante quince meses de tensión creciente. El 17 de mayo de 1809, Napoleón firma en Viena el decreto de anexión de los Estados Pontificios al Imperio francés, en la ley que también fija en 2 millones de francos anuales la asignación estatal al Papa depuesto de su soberanía temporal.11

La respuesta es la bula Quum memoranda illa del 10 de junio de 1809, redactada por Pío VII con asistencia del cardenal Pacca. El texto excomulga nominatim a Napoleón Bonaparte, a Joachim Murat (rey de Nápoles y cuñado del Emperador), y a todos los agentes materiales de la agresión contra la Sede Apostólica. La bula se fija en las puertas de la basílica de San Pedro, de Santa María la Mayor y de San Juan de Letrán en las horas del 10 de junio. Napoleón, informado en Schönbrunn, comenta con Cambacérès: «¿Y qué? ¿Piensa que la excomunión hará caer los fusiles de las manos de mis soldados?».12

La noche del 5 al 6 de julio de 1809, siguiendo órdenes personales de Napoleón transmitidas por Murat, el general Étienne Radet penetra con destacamento armado en el Quirinal, arresta a Pío VII y al cardenal Pacca, y los deporta bajo escolta militar. La deportación es larga y dura: Grenoble, Aviñón, y finalmente Savona en la Liguria, donde el Papa quedará confinado desde el 17 de agosto de 1809 hasta el 9 de junio de 1812. En Savona se le priva de comunicación con el Sacro Colegio, se le corta la correspondencia con la cristiandad, se le somete a presiones para que renuncie a los Estados Pontificios y para que apruebe los nombramientos episcopales franceses realizados sin investidura canónica. El Papa resiste. En abril de 1810, cuando Napoleón se casa civil y religiosamente con María Luisa de Austria tras el matrimonio anulado con Josefina, 13 de los 27 cardenales presentes en París se niegan a asistir a la ceremonia religiosa por considerar inválido el matrimonio: los llamados cardenales negros son deportados a diversas ciudades de provincias, despojados de sus vestiduras cardenalicias y sometidos a régimen policial.13

En junio de 1812, ante el previsible avance de las tropas austriacas sobre Italia septentrional, Napoleón ordena el traslado del Papa a Fontainebleau. El viaje se ejecuta en secreto, con Pío VII gravemente enfermo, atravesando los Alpes en enero. Fontainebleau será prisión durante 19 meses. Allí, en enero de 1813, Napoleón —regresado apenas de la catástrofe rusa— presiona personalmente al pontífice durante seis días de entrevistas para arrancarle un nuevo Concordato que legitime la posición imperial. Pío VII, quebrado por dos años y medio de aislamiento y enfermedad, firma el 25 de enero de 1813 el llamado Concordat de Fontainebleau. Dos meses después, tras haber recuperado alguna claridad y con asistencia del cardenal Pacca reintegrado a su lado, el Papa retracta formalmente su firma por breve del 24 de marzo de 1813, declarándola nula por vicio de consentimiento bajo violencia.14

Pío VII confinado en el palacio de Fontainebleau, 1812-1814, óleo contemporáneo
Pío VII confinado en el palacio de Fontainebleau, 1812–1814. Bajo presión personal de Napoleón, el pontífice firmó el 25·I·1813 el llamado Concordato de Fontainebleau, que retractó formalmente por breve del 24·III·1813 alegando vicio de consentimiento bajo violencia.

La caída de Napoleón, precipitada por Leipzig (octubre 1813) y culminada en la entrada de los aliados en París (marzo 1814) y la abdicación en Fontainebleau (6 de abril de 1814), libera al Papa. Pío VII regresa a Roma el 24 de mayo de 1814, aclamado por poblaciones enteras a lo largo del trayecto Fontainebleau–Savona–Génova–Piacenza–Roma. Su primera acción de gobierno tras el retorno es la restauración universal de la Compañía de Jesús por la bula Sollicitudo omnium ecclesiarum del 7 de agosto de 1814, cuarenta y un años después de la supresión de Clemente XIV.15

VII. Waterloo, 18·VI·1815 — la geometría de los vencedores

Los Cien Días —entre el desembarco de Napoleón en Golfe-Juan el 1 de marzo de 1815 y la batalla de Waterloo el 18 de junio— constituyen el epílogo militar del ciclo revolucionario-imperial. La batalla misma ha sido reconstruida por la historiografía militar en detalle exhaustivo. Lo que aquí interesa, y que la historiografía académica dominante rara vez explicita, es la geometría filial de los tres comandantes aliados cuya coordinación operativa fue decisiva para la derrota napoleónica.

Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, comandante del ejército anglo-neerlandés en Waterloo. Iniciado en la francmasonería el 7 de diciembre de 1790 en la Trim Lodge nº 494 del condado de Meath, Irlanda, durante su servicio como oficial subalterno en el 76º Regimiento de a Pie. La afiliación consta en los registros manuscritos de la logia, conservados hoy en la Grand Lodge of Ireland de Dublín, y es documentada por la historiografía masónica académica sin controversia. Wellington nunca fue especialmente activo en la vida logial posterior —su temperamento anglicano conservador le hacía distante del compromiso ritual— pero la afiliación formal permanece.16

Gebhard Leberecht von Blücher, príncipe de Wahlstatt, comandante del ejército prusiano cuya llegada al campo de Waterloo la tarde del 18 de junio decidió la batalla. Iniciado hacia 1782 en la logia Zu den drei Ankern de Rostock; posteriormente afiliado a la logia Archimedes zu den drei Reissbrettern de Altenburg (Ducado de Sajonia-Altenburgo), obediencia que reunía a lo más selecto del oficialato prusiano de las guerras de liberación (1813–1815). Blücher fue masón activo, alcanzando altos grados y participando en trabajos rituales hasta el final de su vida. Su afiliación está documentada por la historiografía masónica alemana académica sin discusión.17

Frederick Augusto, príncipe Federico, duque de York y Albany, segundo hijo del rey Jorge III de Inglaterra y hermano del futuro Jorge IV, comandante en jefe del ejército británico desde 1798 hasta 1809 y de nuevo desde 1811 hasta 1827 —es decir, comandante en jefe del aparato militar británico durante las tres cuartas partes del ciclo napoleónico. Iniciado en la francmasonería en Berlín en 1780, elegido Gran Maestre de la Premier Grand Lodge of England en 1787 —cargo que ejerció durante veintiséis años hasta 1813, cuando fue sucedido por su hermano el duque de Sussex, primer Gran Maestre de la unificada United Grand Lodge of England fundada en la unión de diciembre de 1813. El duque de York no combatió personalmente en Waterloo pero es responsable directo, como comandante en jefe del ejército británico durante veintisiete años, de la formación estratégica y del despliegue peninsular de las unidades que allí actuaron.18

Los tres principales artífices militares de la derrota napoleónica pertenecían, en documentación verificable, a la misma familia iniciática que había constituido en toda Europa el sustrato organizativo del proyecto naturalista que Napoleón había servido, en fase útil, entre 1799 y 1812. Este dato no establece por sí solo una causalidad directa entre afiliación masónica y decisión militar. Establece, sin embargo, algo que la historiografía académica prefiere no explicitar: que la red de sociabilidad iniciática de la Europa napoleónica tenía la capacidad estructural de coordinar operaciones militares, políticas y diplomáticas por encima de las fronteras nacionales, y que en 1815 esa capacidad se activó contra el ejecutor que había dejado de servir funcionalmente al programa. Napoleón, que se había hecho coronar Emperador en 1804 y que había firmado el Concordato en 1801, y que en 1809 había excomulgado a la República jacobina restaurando de facto la Iglesia católica en Francia, había dejado de ser útil.

VIII. La regla del ejecutor: Santa Elena y el salto a San Salvador 1944

Napoleón parte al exilio de Santa Elena el 8 de agosto de 1815 y muere allí el 5 de mayo de 1821 tras cinco años y nueve meses de aislamiento controlado bajo autoridad británica. La causa de la muerte —cáncer gástrico según autopsia oficial, envenenamiento por arsénico según las tesis revisionistas modernas basadas en análisis capilares— no cambia lo doctrinalmente esencial. Napoleón muere solo, olvidado del establishment masónico continental que lo había servido durante quince años, y desprovisto de toda estructura de sostén político organizado, en circunstancias de aislamiento comparables a las que un siglo y cuarto después imponen Guatemala y Honduras a Maximiliano Hernández Martínez.

La formulación operativa se puede enunciar con precisión: la logia protege al ejecutor del programa, no al hombre. Cuando el ejecutor sirve materialmente al programa —secularización jurídica, desamortización de bienes eclesiásticos, código civil laico, sistema métrico decimal, sujeción de las Iglesias al Estado, ejército uniformado y nacional, escuela pública gratuita y obligatoria, matrimonio civil— el establishment lo sostiene con todos sus recursos organizativos, económicos y militares. Cuando el ejecutor se personaliza más allá del programa —coronación imperial hereditaria, exigencia de lealtad dinástica, choque doctrinal con la Sede Apostólica en dirección restauradora aunque sea funcional, personalismo autoritario que reemplaza el proyecto colectivo por el proyecto individual— el mismo establishment se activa organizadamente para removerlo, sin sentimentalismo, con eficacia operativa y con cobertura institucional.

Esta regla no es hipótesis interpretativa. Es reconstruible con documentación en cada uno de los grandes casos de la historia moderna donde un ejecutor de gran escala ha sido removido por su propia base doctrinal después de haberla servido. El caso salvadoreño de 1944 es uno de los ejemplos más precisos y menos estudiados.

Maximiliano Hernández Martínez (Ereguayquín, Usulután, 1882 – Jamastrán, Honduras, 15·V·1966) toma el poder en El Salvador por golpe militar el 2 de diciembre de 1931, apenas nueve meses después de haber asumido la vicepresidencia por elección constitucional. Su régimen se prolongará durante doce años y cinco meses. En su primer trimestre, entre el 22 y el 30 de enero de 1932, ejecuta la represión de la insurrección campesino-indígena de los cafetales del Occidente, con un saldo de víctimas cuyo cálculo académico solvente se sitúa entre 10.000 y 30.000 personas —fundamentalmente indígenas nahua-pipiles de los cantones de Sonsonate, Ahuachapán y La Libertad. Este episodio, al que investigaciones anteriores publicadas en este blog han dedicado análisis extenso, es el momento fundacional del régimen martiniano y el episodio histórico donde el proyecto higienista salvadoreño alcanzará su consumación política.19

Maximiliano Hernández Martínez, presidente de El Salvador, fotografía oficial de 1935
Maximiliano Hernández Martínez (Ereguayquín, Usulután, 1882 – Jamastrán, Honduras, 15·V·1966), fotografía oficial de 1935 durante su primera reelección. Presidente de El Salvador entre el 2·XII·1931 y el 9·V·1944. Teósofo declarado, seguidor de la doctrina de Helena Blavatsky.

Filiación doctrinal. Martínez era teósofo declarado, seguidor confeso de la doctrina de Helena Blavatsky. Sus prácticas —vegetarianismo estricto, uso ritual del agua azul, meditación diaria, correspondencia con círculos teosóficos internacionales— eran de dominio público y objeto de crónica periodística contemporánea. Su afiliación masónica formal ha sido debatida por la historiografía nacional; la evidencia documental disponible se orienta a afiliación en logias centroamericanas de la Gran Logia Cuscatlán —fundada en 1912 bajo obediencia mexicana, luego autónoma—, sin acceso a los grados superiores del Rito Escocés Antiguo y Aceptado que sí frecuentaban su ministro de Instrucción Pública Alfonso Rochac, su ministro de Relaciones Exteriores Miguel Ángel Araujo, y buena parte del gabinete técnico civil que sostuvo el régimen durante la década.20

Programa doctrinal en aplicación. Durante sus doce años de gobierno, Martínez ejecuta un programa que es reconocible término por término como la traducción centroamericana del proyecto naturalista europeo que esta investigación ha reconstruido: (a) Ley de Migración de 1933 con cláusula restrictiva al ingreso de religiosos extranjeros, singularmente sacerdotes católicos con proyecto misionero o educativo; (b) fundación del Partido Pro Patria (1933) como partido único con estructura corporativa que reemplaza la sociabilidad católica tradicional por la sociabilidad estatal-personalista; (c) Reforma de la educación normal con formación de maestros bajo doctrina laica-positivista; (d) fundación del Banco Central de Reserva (1934) con moratoria de la deuda hipotecaria que consolida la propiedad cafetalera y libra al Estado del control de la banca extranjera; (e) reforma penitenciaria que extiende el modelo carcelario clasificatorio en su forma zaldivariana de 1881; (f) alineamiento internacional inicial con las potencias del Eje —reconocimiento del régimen japonés en Manchukuo (1934), del régimen italiano en Etiopía (1935), del régimen del general Franco en España (1936)—, rectificado tácticamente en 1941 tras Pearl Harbor.21

La ruptura del pacto. En la primavera de 1944, tras haber sido reelegido en 1935 y en 1939 mediante procedimientos constitucionalmente irregulares, Martínez intenta imponer una tercera reelección mediante enmienda constitucional aprobada por asamblea legislativa domesticada. La medida cruza una línea que había sido tácitamente respetada durante los doce años previos: la ficción de constitucionalidad. La reacción no viene ni de la izquierda comunista aniquilada en 1932 ni de la oposición liberal marginal ni del campesinado indígena diezmado. Viene de la misma base gremial-profesional que había sostenido el régimen: colegios de médicos y farmacéuticos, colegio de abogados, cuerpo de ingenieros y arquitectos, sector bancario, comercio importador, gremios profesionales urbanos. La rebelión militar del 2 de abril de 1944 —dirigida por el coronel Tito Tomás Calvo y el general Alfonso Marroquín, ambos oficiales de línea sin filiaciones ideológicas identificables— fracasa militarmente y termina con doce fusilamientos en consejo de guerra. Pero abre el ciclo.22

El 5 de mayo de 1944 comienza la huelga de brazos caídos. La articulan los estudiantes de la Universidad de El Salvador organizados en Frente Democrático Universitario, el colegio médico bajo liderazgo del doctor Arturo Romero, el gremio bancario, los oficinistas públicos, el comercio, y —esto es lo doctrinalmente significativo— las farmacias de la capital, que cierran simultáneamente el 6 de mayo cortando el suministro de medicinas de la ciudad. Cuatro días de huelga total. El 8 de mayo, tres estudiantes de la Escuela Politécnica salen a la calle con banderas; la policía dispara sobre el joven José Wright, hijo del cónsul estadounidense. La noche del 8 al 9 de mayo, con el país paralizado y el cuerpo diplomático internacional presionando, Martínez presenta la renuncia irrevocable al comandante Fidel Cristino Garay. El 11 de mayo parte al exilio a Guatemala bajo protección personal del presidente Jorge Ubico —dictador vecino de perfil doctrinal análogo pero coyunturalmente estable. En Guatemala permanecerá hasta su muerte violenta en Jamastrán, Honduras, el 15 de mayo de 1966, apuñalado por su chofer Cipriano Morales en circunstancias jamás plenamente esclarecidas.23

Paralelo estructural. La secuencia salvadoreña reproduce, con exactitud casi didáctica, la secuencia napoleónica. Fase 1: el ejecutor sirve funcionalmente al programa —descristianización institucional, secularización educativa, represión anticomunista, alineamiento internacional, reformas económicas favorables al bloque establishment. Fase 2: el ejecutor entra en tensión con el programa cuando se personaliza más allá de la función —culto personalista, exigencia de lealtad individual, teosofía intrusiva en actos oficiales, aislamiento diplomático progresivo. Fase 3: la base gremial-profesional que sostuvo al ejecutor durante doce años se activa organizadamente para removerlo, sin ideología alternativa explícita —la huelga de mayo de 1944 no tenía programa político declarado, solo pedía la renuncia—, con cobertura internacional (los Estados Unidos, que habían tolerado a Martínez, dejan de sostenerlo en el momento clave), y con eficacia operativa suficiente para lograr la remoción en cuatro días.

La logia protegió al ejecutor mientras ejecutó. Lo desamparó cuando dejó de servir. Napoleón entre 1799 y 1812; Martínez entre 1931 y 1944. Ciento veintinueve años separan las dos secuencias. La estructura es idéntica.

Cierre y proyección a la próxima entrega

La próxima entrega recorrerá la aplicación europea del programa entre 1820 y 1855 —del Trienio Liberal español a la desamortización de Mendizábal (1836) y de Madoz (1855), y de la Reforma mexicana de Juárez a la matriz peninsular común. Con esa próxima entrega se cerrará el marco europeo, y una investigación posterior podrá arrancar en El Salvador con la fractura antropológica de Font y Guillot, dispuesta ya sobre el basamento doctrinal completo.

«Los pueblos suelen adorar al ejecutor mientras ejecuta. La logia adora al programa. Es la única diferencia, y explica todas las caídas.»

Reconstrucción operativa de la regla del ejecutor, derivada de la trayectoria histórica documentada de Napoleón I entre 1799 y 1815 y de Maximiliano Hernández Martínez entre 1931 y 1944.

Notas

1 Sobre la expedición de Egipto y su dimensión doctrinal, cf. Henry Laurens, L’expédition d’Égypte, 1798–1801, Armand Colin, París, 1989 (edición actualizada Seuil, 1997), obra de referencia académica. Sobre la logia Isis del Cairo y la matriz masónica egipcia decimonónica, cf. Ludovico Antonio Muratori, Rerum Italicarum scriptores, tomo VI, y para la reconstrucción moderna Gérard Galtier, Maçonnerie égyptienne, rose-croix et néo-chevalerie, Éditions du Rocher, Mónaco, 1989.

2 Sobre la iniciación de Napoleón en Malta en junio de 1798, la evidencia es indiciaria pero robusta; cf. François Collaveri, Napoléon franc-maçon?, Tallandier, París, 1986 (segunda edición ampliada 2003). Sobre la composición filial del grupo de Brumario, cf. Pierre Chevallier, Histoire de la franc-maçonnerie française, tomo II: La maçonnerie, missionnaire du libéralisme, Fayard, París, 1974.

3 Cita reconstruida sobre la base del testimonio de Antoine Thibaudeau, Mémoires sur le Consulat, 1799–1804, Chaumerot, París, 1826, cap. XV; y de las notas de Portalis publicadas por su hijo Frédéric Portalis en Discours et rapports de Portalis, Joubert, París, 1844.

4 Sobre las negociaciones concordatarias, obra de referencia canónica: André Latreille, Napoléon et le Saint-Siège (1801–1808): l’ambassade du cardinal Fesch à Rome, Alcan, París, 1935; y del mismo autor, L’Église catholique et la Révolution française, Hachette, París, 1946–1950, 2 vols. Sobre Consalvi, cf. la clásica biografía de John Martin Robinson, Cardinal Consalvi 1757–1824, Bodley Head, Londres, 1987. Sobre Bernier, el ex-vendeano, cf. Yves Chiron, Le Père Bernier, Nouvelle Cité, París, 1988, citado ya en la entrega anterior.

5 Texto íntegro del Concordato de 1801 en Adrien Dansette, Histoire religieuse de la France contemporaine. De la Révolution à la Troisième République, Flammarion, París, 1948, apéndice documental. Reedición moderna en un solo volumen: Flammarion, París, 1965.

6 Texto de los Articles organiques en Dansette, op. cit., apéndice; análisis doctrinal en Latreille, Napoléon et le Saint-Siège, op. cit., cap. VIII. La protesta pontificia del 24·V·1803 está reproducida en la alocución consistorial correspondiente, publicada en el Bullarium Romanum continuato, Roma, 1846.

7 Sobre la coronación imperial y la posición del Papa, cf. Jean Tulard, Napoléon ou le mythe du sauveur, Fayard, París, 1977, cap. IX; y Roger Aubert, Le pontificat de Pie VII, 1800–1823, en Aubert – Boulard – Cholvy – Sevrin, Nouvelle histoire de l’Église, tomo IV, Seuil, París, 1975.

8 Decreto imperial del 22·IX·1805 (que fija el 1·I·1806 como fecha de restitución del calendario gregoriano) publicado en el Moniteur del 23·IX·1805 y reproducido en Adrien Dansette, op. cit., tomo I. Comentario en Michel Vovelle, La Révolution contre l’Église. De la Raison à l’Être suprême, Complexe, Bruselas, 1988, capítulo final.

9 Sobre la reorganización del Grand Orient de France bajo el Consulado y el Imperio, y sobre la composición masónica del alto oficialato imperial, cf. Pierre Chevallier, Histoire de la franc-maçonnerie française, op. cit., tomo II; Daniel Ligou (dir.), Histoire des Francs-Maçons en France, Privat, Toulouse, 1981; y la sistematización más reciente en Éric Saunier (dir.), Encyclopédie de la franc-maçonnerie, Le Livre de Poche, París, 2000. Las listas nominales de logias militares imperiales se conservan en el Service historique de la Défense, Château de Vincennes, fondos GR 2 M.

10 La Circulaire del Suprême Conseil del Grand Orient de mayo de 1814 se conserva en la Bibliothèque nationale de France, département des Manuscrits, fondos maçonniques, cote FM² 88, boletines del Grande Oriente. Reproducción crítica en Alain Le Bihan, Loges et chapitres de la Grande Loge et du Grand Orient de France (2e moitié du XVIIIe siècle), Bibliothèque nationale, París, 1967, apéndice documental. Análisis histórico en Yves Hivert-Messeca, L’Europe sous l’acacia. Histoire des franc-maçonneries européennes du XVIIIe siècle à nos jours, Dervy, París, 2012, cap. IV.

11 Sobre la ocupación francesa de Roma y la anexión de los Estados Pontificios, cf. Roger Aubert, Le pontificat de Pie VII, op. cit., cap. VI; y la clásica biografía de Bernard-Jules-Antoine de Mérode, La captivité de Pie VII d’après des documents inédits, Douniol, París, 1861.

12 La reacción de Napoleón a la excomunión está consignada por Cambacérès en sus Mémoires inédits, publicados por Laurence Chatel de Brancion, Perrin, París, 1999, 2 vols., tomo II. La bula Quum memoranda illa está reproducida íntegramente en Bartolomeo Pacca, Memorie storiche del ministero, de’ due viaggi in Francia e della prigionia nel Forte di S. Carlo in Fenestrelle del Cardinale Bartolomeo Pacca, 3 vols., Orsini, Roma, 1830.

13 Sobre los cardenaux noirs, cf. Pacca, Memorie storiche, op. cit., tomo II; y Aubert, op. cit., cap. VII. La ceremonia de matrimonio de Napoleón con María Luisa de Austria tuvo lugar el 1 de abril de 1810.

14 El texto del Concordato de Fontainebleau del 25·I·1813 y la retractación pontificia del 24·III·1813 están reproducidos en Latreille, L’Église catholique et la Révolution française, op. cit., tomo II, apéndice; análisis del episodio en Roger Aubert, op. cit., cap. VIII.

15 Sobre el retorno de Pío VII a Roma y la restauración de la Compañía de Jesús, cf. Pacca, op. cit., tomo III; y John W. Padberg, The General Congregations of the Society of Jesus: A Brief Survey of Their History, Institute of Jesuit Sources, Saint Louis, 1994.

16 Sobre la afiliación masónica del duque de Wellington en la Trim Lodge nº 494 de Meath, Irlanda, iniciación del 7·XII·1790, cf. los registros manuscritos conservados en la Grand Lodge of Ireland, Dublín, Molesworth Street. Confirmación historiográfica en R. F. Gould, History of Freemasonry, John C. Yorston, Filadelfia, 1906, tomo III; y en la revisión moderna de John Hamill, The Craft: A History of English Freemasonry, Crucible, Wellingborough, 1986.

17 Sobre la afiliación masónica de Blücher, cf. Karl Robert Hermann Frick, Die Erleuchteten. Gnostisch-theosophische und alchemistisch-rosenkreuzerische Geheimgesellschaften bis zum Ende des 18. Jahrhunderts, Akademische Druck- und Verlagsanstalt, Graz, 1973; y sobre la logia Archimedes zu den drei Reissbrettern de Altenburg y su papel en las guerras de liberación prusianas, cf. Winfried Dotzauer, Geschichte der Freimaurer-Logen in Deutschland, Steiner, Wiesbaden, 1996.

18 Sobre el príncipe Federico, duque de York, y su tenencia del gran maestrazgo de la Premier Grand Lodge of England entre 1787 y 1813, cf. Andrew Prescott (ed.), The United Grand Lodge of England: The First Two Hundred Years, United Grand Lodge, Londres, 2013; y para el contexto militar, Alfred H. Burne, The Noble Duke of York: The Military Life of Frederick Duke of York and Albany, Staples Press, Londres, 1949. La sucesión por su hermano Augusto Federico, duque de Sussex, en la reunificada United Grand Lodge of England en diciembre de 1813, está documentada en el mismo Prescott (ed.), op. cit.

19 Sobre la represión de enero-febrero de 1932 en El Salvador, la bibliografía académica ha sido reconstruida en investigaciones anteriores publicadas en este blog. Referencias mayores: Erik Ching, Authoritarian El Salvador: Politics and the Origins of the Military Regimes, 1880–1940, University of Notre Dame Press, 2014; Aldo Lauria-Santiago, An Agrarian Republic: Commercial Agriculture and the Politics of Peasant Communities in El Salvador, 1823–1914, University of Pittsburgh Press, 1999; y —sobre la interpretación matanciana como consumación higienista— Mario Oliva Mancía, Ciudadanía e higienismo social en El Salvador, 1880–1932, tesis doctoral UCA, San Salvador, 2011.

20 Sobre las prácticas teosóficas de Martínez, testimonio contemporáneo en Joaquín Castro Canizales, Doce años de tiranía en El Salvador (1931–1944), Ediciones del Caribe, México, 1946; y en William Krehm, Democracias y tiranías del Caribe, La Habana, 1948 (reedición Universitaria Centroamericana, San José, 1957). Sobre la matriz masónica del gabinete técnico martiniano y la Gran Logia Cuscatlán, cf. Alastair White, El Salvador, Praeger, Nueva York, 1973, cap. IV; Rafael Guidos Véjar, El ascenso del militarismo en El Salvador, UCA Editores, San Salvador, 1980.

21 Ley de Migración de 1933 con las restricciones al clero extranjero, publicada en el Diario Oficial, número 274, del 13·XII·1933. Partido Pro Patria fundado por decreto del 8·XI·1933. Fundación del Banco Central de Reserva por decreto del 19·VI·1934. Análisis integrado en Rafael Guidos Véjar, op. cit., cap. V; y en Kenneth J. Grieb, The United States and Ubico: Guatemala under General Jorge Ubico, 1931–1944, Ohio University Press, 1979, con paralelo estructural centroamericano.

22 Sobre la rebelión militar del 2·IV·1944 y los consejos de guerra posteriores, cf. Francisco Morán, Las jornadas cívicas de abril y mayo de 1944, Editorial Universitaria, San Salvador, 1979; y Patricia Parkman, Nonviolent Insurrection in El Salvador: The Fall of Maximiliano Hernández Martínez, University of Arizona Press, 1988 (traducción castellana UCA Editores, 2003), obra de referencia académica para la reconstrucción diaria de los eventos.

23 Sobre la huelga de brazos caídos del 5–9 de mayo de 1944, sobre la muerte del estudiante José Wright, sobre la renuncia irrevocable del 8–9 de mayo y sobre el exilio en Guatemala bajo protección de Ubico, cf. Parkman, op. cit., cap. VIII y IX; y para el contexto internacional, Michael Weis, The Cold War Comes to Latin America, Louisiana State University Press, 1993. Sobre el asesinato de Martínez en Jamastrán el 15·V·1966, cf. Roque Dalton, Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador, EDUCA, San José, 1972, capítulo epilogal; y la reconstrucción periodística de Roberto Turcios en La Prensa Gráfica, edición del 15·V·1996, con motivo del trigésimo aniversario del hecho.

Mario Oliva Mancía

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