La historia que no nos contaron (II): la Vendée, 1793 — decretos, guerra civil y debate historiográfico


La Vendée no será utilizada aquí como consigna, sino como expediente. Decretos, guerra civil, represión, víctimas y memoria deben ser leídos juntos, porque solo así puede comprenderse cómo una fractura política y religiosa terminó convirtiéndose en una de las grandes controversias de la Revolución francesa.

Hay acontecimientos cuya posteridad termina siendo casi tan conflictiva como los hechos mismos. La Vendée pertenece a esa categoría. Entre 1793 y 1796, una amplia zona del oeste de Francia fue escenario de una guerra civil en la que confluyeron la resistencia al reclutamiento, la defensa de sacerdotes refractarios, lealtades locales, rechazo a determinadas transformaciones revolucionarias y una profunda desconfianza frente a un Estado que comenzaba a intervenir de manera más radical en la vida religiosa, militar y económica de las comunidades. Reducir todo aquello a una simple rebelión reaccionaria sería insuficiente; convertirlo, por el contrario, en una historia sin contradicciones también lo sería. Lo que aquí interesa es seguir la transformación del conflicto a través de sus documentos.

La fractura no nació de un día para otro. La Constitución Civil del Clero de 1790 subordinó la organización eclesiástica al nuevo orden revolucionario y la legislación posterior contra los sacerdotes refractarios profundizó una división que no era únicamente religiosa. En sociedades rurales donde parroquia, comunidad y vida cotidiana estaban estrechamente unidas, alterar la estructura religiosa significaba tocar también un tejido social. A ello se sumó el reclutamiento militar de 1793. La insurrección fue así resultado de varias tensiones acumuladas, no de una sola causa.

Cuando el lenguaje político cambia

Uno de los aspectos más reveladores del expediente es observar cómo cambia el lenguaje del poder a medida que avanza la guerra. El decreto del 1 de agosto de 1793, conservado en ejemplares impresos contemporáneos, ordenó incendiar bosques, destruir refugios, cortar cosechas, confiscar ganado y declarar bienes de los rebeldes propiedad de la República. Es un documento severo, dirigido a quebrar materialmente la capacidad de resistencia. Pero el mismo texto contiene una precisión que no debemos ocultar: su artículo VIII dispone que mujeres, niños y ancianos sean conducidos al interior y que se garantice su subsistencia y seguridad. El original puede consultarse en la Bibliothèque municipale d’Angers, con otro ejemplar digitalizado en la Newberry Library.

Esa cláusula es importante precisamente porque obliga a leer con rigor. No es legítimo convertir el decreto de agosto en una orden literal de exterminio indiscriminado de toda la población. Pero tampoco sería legítimo detener allí el análisis, porque el lenguaje oficial se endureció con rapidez. El 1 de octubre de 1793, la Convención aprobó una proclamación dirigida al ejército del Oeste en la que se ordenaba que los llamados «brigands de la Vendée» fueran exterminados antes de terminar el mes. El documento puede leerse en los Archives parlementaires.

Aquí aparece una cuestión que atravesará toda esta serie: el lenguaje no es todavía la acción, pero prepara las categorías dentro de las cuales la acción se vuelve imaginable. Cuando un adversario deja de ser descrito como ciudadano insurrecto y comienza a ser designado de manera colectiva como «bandido» que debe ser exterminado, la frontera moral y política se desplaza. No basta, por supuesto, una palabra para demostrar por sí sola un programa total de eliminación; pero tampoco puede tratarse esa palabra como un accidente retórico sin importancia.

De la derrota militar a las columnas de Turreau

Tras la derrota de las principales fuerzas vendeanas, el conflicto entró en otra fase. En 1794 las llamadas colonnes infernales del general Louis-Marie Turreau recorrieron la región. El plan de campaña de Turreau del 19 de enero de 1794 proyectaba columnas móviles destinadas a devastar el territorio insurgente y, formalmente, distinguía entre población considerada «cívica» y quienes hubieran tomado las armas. Esa distinción jurídica o administrativa existió sobre el papel. La pregunta es qué ocurrió cuando el plan pasó del escritorio al terreno.

La ejecución de algunas columnas desbordó de manera brutal esa distinción. Incendios, saqueos y matanzas afectaron a población que no puede reducirse simplemente a combatientes armados. El problema histórico no consiste entonces en elegir entre dos caricaturas —un Estado que respetó siempre sus propias limitaciones o un plan perfectamente uniforme aplicado de idéntica manera en toda la región—, sino en reconstruir cómo órdenes, iniciativas locales, violencia de guerra, represalias y deshumanización se combinaron. Jean-Clément Martin estudia este expediente documental, incluido el plan de Turreau, en Éditions de la Sorbonne.

En Nantes, los noyades y otras ejecuciones asociadas al representante Jean-Baptiste Carrier muestran otro rostro de la represión. Lo significativo es que la propia Revolución terminó abriendo un expediente sobre esos hechos. El 22 de noviembre de 1794, la Convención ordenó trasladar a París documentos originales conservados en Nantes y Carrier fue interrogado. Pueden consultarse tanto el decreto de remisión de documentos como la audición de Carrier en los Archives parlementaires.

Esta dimensión no debe minimizarse: los procesos revolucionarios no son bloques homogéneos. Dentro de ellos existen facciones, revisiones, luchas de poder y mecanismos de responsabilidad que pueden actuar tardíamente o de manera incompleta. Reconocerlo evita dos errores opuestos: demonizar a todos los actores como si hubieran pensado y actuado igual, o utilizar esas diferencias internas para negar la magnitud de los crímenes cometidos.

Una comunidad que deja de reconocerse como comunidad

La Vendée permite observar algo más que una secuencia de decretos y operaciones militares: permite ver la ruptura de una comunidad política. Campesinos, sacerdotes, funcionarios, soldados y representantes revolucionarios no estaban simplemente discutiendo políticas públicas; estaban disputando quién pertenecía legítimamente al nuevo orden. La revolución había prometido ciudadanía universal, pero la guerra civil mostró el problema que aparece cuando una parte de la población es percibida no como ciudadanía equivocada, sino como residuo de un mundo que debe ser vencido.

Ese cambio ayuda a comprender por qué el conflicto adquirió una dimensión antropológica. La clasificación del adversario como «brigand» no era una descripción sociológica neutral. Convertía una pluralidad de personas —combatientes, familiares, aldeanos, sacerdotes, colaboradores reales o supuestos— en una categoría política susceptible de tratamiento excepcional. La categoría no produjo por sí sola las matanzas, pero redujo la distancia entre excepción y violencia.

Al mismo tiempo, las propias contradicciones de la documentación impiden una lectura simplista. El decreto del 1 de agosto contiene medidas de devastación y, a la vez, una cláusula de protección para mujeres, niños y ancianos. El expediente de Carrier muestra atrocidades y también mecanismos internos de revisión. Esa tensión es precisamente lo que vuelve útil a la Vendée como caso de estudio: los sistemas políticos pueden proclamar límites y traspasarlos en la práctica sin que desaparezca toda resistencia interna a ese exceso.

Por eso la pregunta verdaderamente autónoma de esta entrada no es si la Vendée «fue» o «no fue» genocidio como fórmula cerrada. Es otra: ¿qué combinación de guerra civil, lenguaje de deshumanización, legislación excepcional, autonomía de mandos y debilitamiento de los límites institucionales permitió que la violencia alcanzara a población no combatiente? Esa pregunta puede responderse históricamente sin exigir una unanimidad terminológica que todavía no existe.

Las cifras, el término «genocidio» y los límites de la certeza

Las cifras de muertos siguen variando según el territorio considerado, el período estudiado y el método de cálculo. François Lebrun, Jean-Clément Martin, Reynald Secher y otros investigadores han propuesto estimaciones y marcos interpretativos distintos. No existe aquí una ventaja intelectual en fingir unanimidad donde no la hay. Resulta más útil mantener separadas dos cuestiones: cuántas personas murieron y qué intención política y jurídica puede atribuirse al Estado revolucionario.

De allí surge la conocida controversia sobre la utilización del término «genocidio». Reynald Secher ha defendido una interpretación fuerte en Le génocide franco-français. La Vendée-Vengé; Jean-Clément Martin ha cuestionado esa calificación y ha insistido en la complejidad de una guerra civil atravesada por violencias múltiples, decisiones cambiantes y problemas de cuantificación. Esta serie no resolverá una controversia terminológica por decreto editorial. Hará algo más útil: exponer las piezas que permiten comprender por qué la discusión existe.

Por la misma razón, la célebre carta atribuida a Westermann después de Savenay no será utilizada como fundamento necesario del argumento. Su autenticidad y transmisión han sido discutidas. Cuando existe documentación más sólida —decretos, planes de campaña, actuaciones administrativas y procesos posteriores— no necesitamos construir una conclusión sobre una pieza incierta. La prudencia documental no debilita una investigación; elimina aquello que permite desacreditarla fácilmente.

¿Por qué comenzar este recorrido en la Vendée? No para afirmar que Francia de 1793 sea una plantilla mecánica que pueda superponerse sobre otros países y otros siglos. La historia comparada no funciona así. Pero sí porque este expediente permite observar una secuencia que reaparecerá bajo formas distintas: una comunidad definida como políticamente peligrosa, una legislación de excepción, un lenguaje que reduce al adversario a categoría colectiva, una violencia que termina desbordando distinciones inicialmente formuladas y, después, una lucha por establecer qué ocurrió realmente y cómo debe recordarse.

La cuestión de fondo, entonces, no queda encerrada en la Francia revolucionaria. Es una pregunta sobre el poder: ¿en qué momento el adversario deja de ser alguien a quien se combate y comienza a convertirse en alguien cuya existencia misma se considera incompatible con el proyecto político? Seguir esa pregunta no significa declarar equivalentes todos los procesos posteriores. Significa saber qué buscar cuando pasemos de la Revolución francesa al gran laboratorio secularizador europeo del siglo XIX.

Fuentes primarias y críticas

— Convention nationale, Décret du 1er août 1793 relatif aux mesures à prendre contre les rebelles de la Vendée, ejemplar de 1793 conservado en la Bibliothèque municipale d’Angers, Rés. H 2030 (54).
— Convention nationale, Proclamation à l’armée de l’Ouest, 1 de octubre de 1793, Archives parlementaires, t. LXXV, p. 421.
— Bertrand Barère, informe al Comité de Salut public sobre la guerra de la Vendée, 1 de octubre de 1793, Archives parlementaires, t. LXXV, pp. 421–426.
— Jean-Clément Martin, «Le cas de Turreau et des colonnes infernales», estudio crítico con transcripción y análisis del plan de campaña de Turreau del 19 de enero de 1794.
— Convention nationale, decreto del 22 de noviembre de 1794 sobre las piezas originales del caso Carrier, Archives parlementaires, t. CII, p. 61.
— Convention nationale, audición de Jean-Baptiste Carrier, 22 de noviembre de 1794, Archives parlementaires, t. CII, pp. 49–52.
Mémoires de Madame la Marquise de La Rochejaquelein (1815), utilizadas como testimonio de parte y contrastadas con documentación administrativa.
— Jean-Clément Martin, «Est-il possible de compter les morts de la Vendée?», Revue d’histoire moderne et contemporaine, 1991.
— Jean-Clément Martin, «À propos du “génocide vendéen”», Sociétés contemporaines, 2000.
— Reynald Secher, Le génocide franco-français. La Vendée-Vengé, Paris, Presses Universitaires de France, 1986, utilizada como referencia interpretativa dentro de una controversia historiográfica abierta y no como consenso establecido.

Entrada anterior: «(I) Método, fuentes y preguntas». Próxima entrada: «El laboratorio europeo de la secularización: Italia, Alemania y Francia, 1850–1905».

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