SIN TRABAJO — Entrada 5 de 16

El primer empleo se ha convertido en una contradicción: muchas vacantes iniciales exigen experiencia previa, mientras las pasantías gratuitas trasladan el costo de la formación al joven y a su familia. El problema no es sólo conseguir una plaza, sino entrar sin aceptar que la precariedad sea el precio normal de comenzar.

La puerta cerrada desde dentro

“Se necesita experiencia” parece una condición razonable para un cargo de alta responsabilidad. Se vuelve una trampa cuando aparece también en plazas auxiliares, junior o de ingreso. El recién graduado no puede demostrar experiencia porque nadie le ofrece la primera oportunidad; y no recibe la oportunidad porque todavía no puede demostrarla.

El Salvador no publica un indicador nacional sobre cuántas vacantes de entrada exigen experiencia ni sobre la duración media de la búsqueda del primer empleo profesional. Esa ausencia impide medir la barrera con precisión. Sin embargo, la investigación académica disponible permite observar sus mecanismos.

La tesis doctoral de Luisa Amelia Sibrián Escobar analizó una muestra de 350 graduados y complementó la encuesta con entrevistas y relatos de vida de 15 graduados. En ese marco de estudio, aproximadamente 83 % había logrado emplearse desde el primer año; sin embargo, entre quienes trabajaban, cerca de 42 % lo hacía bajo condiciones precarias, como contratación temporal, contratación externa o ausencia de contrato. El modelo también encontró que los graduados más recientes afrontaban mayor riesgo de subempleo.

Estos resultados proceden de una muestra probabilística de 350 personas, calculada con 95 % de confianza para una población definida de 107,714 graduados de 2008–2015 en tres áreas de conocimiento. Son sólidos para ese marco de estudio, aunque no constituyen automáticamente una tasa actual para todas las carreras y generaciones del país. Su hallazgo central permanece: una inserción aparentemente rápida puede esconder condiciones laborales frágiles.

Cuando “adquirir experiencia” significa trabajar gratis

Las prácticas pueden ser una excelente transición entre estudio y empleo si incluyen formación, supervisión, objetivos y compensación. Se vuelven abusivas cuando sustituyen puestos permanentes, se prolongan sin aprendizaje o sólo son accesibles para jóvenes cuyas familias pueden mantenerlos mientras trabajan gratis.

La desigualdad empieza antes de la entrevista. Un joven con transporte, computadora, contactos, dominio de inglés y apoyo familiar puede acumular prácticas. Otro, igualmente capaz, debe aceptar cualquier ingreso inmediato. El currículum termina reflejando no sólo mérito, sino también recursos heredados.

Los estudios de la Organización Internacional del Trabajo sobre empleo juvenil en El Salvador muestran que la transición de la educación al trabajo está condicionada por la escasez de oportunidades, la precariedad y el desajuste entre la formación ofrecida y las calificaciones demandadas. La conclusión razonable no es que educarse carezca de valor, sino que la capacitación, por sí sola, no crea los puestos productivos y dignos que una generación necesita.

Un comienzo digno también exige responsabilidad

Defender al recién graduado no significa negar sus deberes. El título no reemplaza puntualidad, humildad para aprender, disciplina, comunicación ni competencia técnica. La universidad tampoco debe presentar la graduación como punto final: necesita prácticas serias, proyectos reales, mentoría y seguimiento.

Pero la responsabilidad debe ser recíproca. Una empresa que exige productividad inmediata tiene el deber de explicar funciones, acompañar el aprendizaje y pagar justamente. El Estado debe impedir que sus propios procesos de contratación conviertan la experiencia imposible o las relaciones personales en filtros de acceso.

Cinco cambios concretos

  1. Definir las vacantes de entrada. Si un puesto se anuncia como inicial, la experiencia debe ser opcional o sustituible por prácticas, proyectos y pruebas de competencia.
  2. Pasantías remuneradas y formativas. Toda práctica prolongada debe contar con plan, tutor, horario, evaluación y compensación.
  3. Experiencia verificable durante la carrera. Clínicas jurídicas, proyectos de ingeniería, laboratorios, investigación, servicio social y prácticas comunitarias deben producir evidencia de capacidades reales.
  4. Incentivos temporales a la primera contratación formal. El apoyo público debe depender de permanencia, afiliación a seguridad social y formación efectiva, no sólo del número de jóvenes inscritos.
  5. Medición pública. Cada cohorte debería ser seguida a los seis, doce y veinticuatro meses, registrando duración de búsqueda, salario, formalidad y correspondencia entre carrera y ocupación.

Comenzar no debe equivaler a someterse

La doctrina social de la Iglesia reconoce el trabajo como camino de realización, servicio y sostenimiento familiar. Laborem exercens coloca a la persona como sujeto del trabajo, nunca como instrumento descartable. Gaudium et spes exige condiciones laborales compatibles con una vida verdaderamente humana y una remuneración capaz de sostener dignamente al trabajador y a su familia.

El joven necesita humildad para iniciar desde abajo, pero “desde abajo” no significa sin derechos. Una sociedad que sólo abre la puerta a quien puede trabajar gratis selecciona por patrimonio familiar antes que por talento. Y una economía que usa la juventud como mano de obra temporal termina destruyendo la lealtad, la experiencia y la confianza que necesita para crecer.

El primer empleo debe ser el inicio de una trayectoria, no una prueba de cuánto abuso está dispuesto a soportar quien busca entrar.


Fuentes


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