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SIN TRABAJO — Entrada 7 de 16

Casi una de cada tres mujeres jóvenes salvadoreñas estaba fuera del empleo, la educación y la formación en 2024, frente a cerca de uno de cada nueve hombres. La diferencia no demuestra falta de voluntad: obliga a mirar el peso de los cuidados no remunerados y las barreras de inserción.

Una brecha que el promedio oculta

La serie de la OIT difundida por el Banco Mundial situó en 20.5 % la proporción de jóvenes fuera del empleo, la educación y la formación en 2024. Al desagregarla por sexo, la diferencia es marcada: 29.9 % entre las mujeres jóvenes y 11.1 % entre los hombres jóvenes. Estas cifras corresponden a esa serie y metodología específicas; por eso pueden diferir ligeramente de otros perfiles armonizados de la OIT.

El indicador no explica la causa individual. Incluye desempleo, desaliento, enfermedad, discapacidad, espera, estudio interrumpido y responsabilidades domésticas. Por eso no autoriza a afirmar que todas las mujeres fuera de esos sistemas están dedicadas al cuidado. Pero la magnitud y persistencia de la brecha obligan a investigarlo.

La OIT ha señalado regionalmente que una gran proporción de las jóvenes fuera del trabajo remunerado y del estudio realiza tareas domésticas y de cuidado. Un estudio sobre El Salvador con datos de 2019 ya describía una diferencia marcada entre mujeres y hombres y advertía sobre ese factor.

Cuidar es trabajo humano, aunque no reciba salario

Alimentar a un niño, acompañar a un anciano, cuidar a una persona enferma, limpiar y organizar el hogar sostienen la vida familiar y hacen posible el trabajo remunerado de otros. Llamar “inactiva” a quien realiza esas tareas puede ser una convención estadística, pero no una descripción moral.

La familia no es el enemigo. El cuidado puede ser vocación, responsabilidad y expresión de amor. La injusticia surge cuando una sola persona —casi siempre una mujer— debe cargarlo sin corresponsabilidad, servicios, descanso ni posibilidad de regresar a estudiar o trabajar.

El título no elimina la desigualdad

La tesis doctoral sobre empleabilidad de graduados encontró una probabilidad de inserción exitosa significativamente mayor para los hombres. Su muestra probabilística de 350 personas fue calculada para una población definida de 107,714 graduados de 2008–2015 en tres áreas de conocimiento; por ello, el resultado es sólido para ese marco, aunque no debe convertirse automáticamente en una tasa actual para todas las carreras y cohortes del país. El hallazgo exige ampliar la investigación nacional sobre contratación, salarios, maternidad, horarios y cuidados.

Según las Estadísticas de Educación Superior 2024, las mujeres representaron 18,828 de los 32,118 graduados de educación superior, equivalente a 58.6 %. Esta mayoría entre quienes obtienen un título no se traduce automáticamente en igualdad de inserción, salario o estabilidad laboral. El país necesita seguir a esas graduadas y conocer si ejercen, cuánto tardan en incorporarse, bajo qué condiciones trabajan y cuántas interrumpen su trayectoria por incompatibilidad entre empleo y responsabilidades de cuidado.

Corresponsabilidad sin despreciar la maternidad

Una respuesta verdaderamente humana evita dos extremos. El primero encierra a la mujer en el hogar como si su inteligencia profesional fuera innecesaria. El segundo desprecia la maternidad y presenta todo cuidado como obstáculo del que debe liberarse para producir.

La solución es corresponsabilidad: padres presentes, horarios razonables, servicios de cuidado confiables, retorno flexible a la formación, protección frente a discriminación y reconocimiento social del trabajo doméstico. La economía debe adaptarse a la vida familiar, no exigir que la familia se comporte como si no existiera.

Medidas que pueden abrir caminos

  • publicar la tasa juvenil por sexo, territorio, cuidado, discapacidad y búsqueda de empleo;
  • crear rutas de retorno al bachillerato, formación técnica y universidad;
  • ampliar opciones de cuidado infantil y dependiente con estándares de calidad;
  • garantizar pasantías y primeros empleos remunerados;
  • medir inserción y salario de graduados por sexo;
  • promover horarios compatibles, corresponsabilidad paterna y evaluación por resultados;
  • reconocer que proteger a la madre y al niño no es un costo ajeno a la economía, sino inversión social.

La antropología cristiana reconoce igual dignidad entre mujer y hombre y valora la familia como comunidad de vida. Precisamente por eso no acepta que el amor familiar sea utilizado como excusa para excluir a quien cuida.

Una sociedad justa no obliga a elegir entre servir a la familia y desarrollar los talentos recibidos. Construye condiciones para que ambas vocaciones puedan sostenerse.


Fuentes


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