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Uno de cada cinco jóvenes fuera del estudio y del trabajo: la generación que El Salvador no puede abandonar

Jóvenes salvadoreños ante caminos interrumpidos de estudio, cuidado y empleo

SIN TRABAJO — Entrada 3 de 16

La expresión “ni estudia ni trabaja” parece describir una decisión personal. En realidad, reúne desempleo, desaliento, pobreza, abandono educativo, enfermedad y cuidados familiares no remunerados. Detrás del indicador existe una fractura social que afecta especialmente a las mujeres jóvenes.

El perfil laboral de El Salvador publicado por ILOSTAT registra que, en 2024, el 21.6 % de los jóvenes de 15 a 24 años no estaba empleado, no estudiaba ni recibía formación. La proporción equivale a algo más de uno de cada cinco jóvenes.

No se trata de una tasa de desempleo. Tampoco significa que todos sus integrantes permanezcan voluntariamente inactivos. El indicador —conocido internacionalmente como tasa NEET, por sus siglas en inglés— mide la proporción de jóvenes que se encuentra simultáneamente fuera del empleo, de la educación y de la formación.

Esa diferencia metodológica es decisiva. Una persona desempleada debe encontrarse disponible y buscando activamente trabajo. La categoría NEET es más amplia: incluye también a quien dejó de buscar por desaliento, a quien realiza tareas de cuidado sin remuneración, a quien no puede estudiar por falta de recursos, a quien enfrenta una enfermedad o discapacidad y a quien permanece temporalmente fuera de ambos sistemas por otras circunstancias.

Por eso, la cifra no debe utilizarse para acusar a una generación. Debe utilizarse para interrogar a una sociedad.

Una mejoría real que no autoriza la complacencia

La evolución reciente contiene una noticia positiva. La serie de Indicadores del Desarrollo Mundial, que reproduce datos de la base de estadísticas laborales de la Organización Internacional del Trabajo, sitúa la tasa total en 27.94 % en 2019 y 20.536 % en 2024. La reducción fue de aproximadamente 7.4 puntos porcentuales.

La mejoría debe reconocerse. Una investigación seria no oculta un avance porque contradiga un relato pesimista. Pero tampoco transforma una reducción en victoria definitiva. Incluso utilizando el valor menor de esta segunda serie, alrededor de una quinta parte de la juventud salvadoreña permanece fuera del empleo, del estudio y de la formación.

Existe una pequeña diferencia entre los dos productos estadísticos oficiales: el perfil de ILOSTAT muestra 21.6 %, mientras la serie reproducida por el Banco Mundial registra 20.536 % para 2024. La diferencia puede responder a calendarios de actualización, revisiones o versiones distintas de la serie. La conclusión robusta no depende de fingir una precisión inexistente: ambos sitúan el problema alrededor del 21 %, es decir, cerca de uno de cada cinco jóvenes.

La brecha que revela el sexo de la exclusión

El promedio nacional oculta una desigualdad mucho mayor. La misma serie, consultada en su desglose por sexo, registra para 2024:

La tasa femenina es casi 2.7 veces la masculina y la distancia entre ambas alcanza 18.8 puntos porcentuales. En términos comprensibles: casi una de cada tres mujeres jóvenes se encontraba fuera del empleo, la educación y la formación, frente a aproximadamente uno de cada nueve hombres jóvenes.

También aquí hubo progreso. Entre 2019 y 2024, la tasa femenina descendió de 39.816 % a 29.891 %, mientras la masculina pasó de 14.902 % a 11.136 %. Pero la mejoría no eliminó la estructura desigual: ser mujer joven continúa asociado con una probabilidad mucho mayor de quedar fuera de los dos caminos institucionales principales hacia la autonomía económica.

La OIT advirtió en su informe regional sobre juventud de 2025 que la gran mayoría de los jóvenes que no estudian ni participan en trabajo remunerado son mujeres, muchas de ellas condicionadas por responsabilidades domésticas y cuidados no pagados. Para El Salvador, un estudio de país elaborado con la EHPM 2019 ya había identificado una marcada brecha por sexo y señalaba las tareas de cuidado como una explicación probable de la inactividad femenina.

El dato obliga a corregir el lenguaje. Decir que estas jóvenes “no trabajan” puede ser estadísticamente convencional, pero socialmente engañoso. Cocinar, limpiar, cuidar niños, atender enfermos y acompañar adultos mayores son actividades indispensables para la supervivencia familiar. No generan salario y con frecuencia no aparecen como empleo, pero consumen tiempo, energía y oportunidades.

Una joven puede pasar todo el día trabajando para su hogar y, aun así, ser presentada públicamente como alguien que no hace nada.

Por qué la etiqueta “nini” puede convertirse en una injusticia

La palabra “nini” es breve, popular y cómoda. También puede ser cruel. Al definir a una persona por dos negaciones —ni estudia ni trabaja— sugiere vacío, apatía o incapacidad. Borra la historia que condujo a esa situación y desplaza toda la responsabilidad hacia el joven.

Dentro de la misma categoría pueden encontrarse realidades radicalmente distintas:

  • quien busca empleo y no lo encuentra;
  • quien dejó de buscar después de múltiples rechazos;
  • quien abandonó los estudios porque su familia no podía financiarlos;
  • quien cuida hijos, hermanos, enfermos o adultos mayores;
  • quien vive con una discapacidad o una enfermedad sin apoyos adecuados;
  • quien no dispone de transporte para estudiar o trabajar;
  • quien espera iniciar un curso o una contratación;
  • y quien atraviesa una crisis personal, familiar o emocional.

El indicador es útil precisamente porque reúne formas de desvinculación que la tasa de desempleo no captura. Se vuelve dañino cuando se transforma en diagnóstico moral.

No existe fundamento para declarar culpable a todo el grupo. La inactividad voluntaria puede existir, como existe en cualquier edad, pero los datos agregados no permiten atribuirla a cada persona. Quien utiliza la estadística para predicar que los jóvenes son perezosos sustituye el análisis por prejuicio.

Los hombres jóvenes tampoco están necesariamente a salvo

La tasa masculina considerablemente menor no significa que los hombres jóvenes disfruten de trabajo digno. Una parte puede aparecer fuera de la categoría NEET porque realiza alguna actividad económica, aunque sea informal, ocasional o mal remunerada.

El mismo perfil de ILOSTAT que registra la exclusión juvenil informa que 59.7 % del empleo total salvadoreño era informal en 2024. Por tanto, salir de la categoría “ni estudia ni trabaja” no equivale automáticamente a entrar en una trayectoria de estabilidad.

Un joven que trabaja por días, vende productos sin protección social o realiza tareas que no le permiten continuar estudiando cuenta como ocupado. La estadística distingue correctamente entre tener y no tener empleo; la política pública debe dar el paso siguiente y distinguir entre supervivencia, precariedad y trabajo digno.

La juventud salvadoreña enfrenta así dos riesgos diferentes:

  1. quedar completamente fuera de la educación y del empleo;
  2. ingresar tempranamente a ocupaciones informales que bloquean su formación y reproducen bajos ingresos durante años.

Ambos caminos desperdician capacidades y debilitan la posibilidad de formar hogares estables.

La ruptura comienza antes de la universidad

El problema no nace cuando un graduado universitario busca su primer empleo. Comienza mucho antes, en la transición entre escuela, formación técnica, universidad y trabajo.

Cada interrupción aumenta el riesgo de que el joven desaparezca de los sistemas institucionales. El adolescente abandona el bachillerato; no encuentra una alternativa técnica; busca un empleo que exige experiencia; acepta una ocupación informal; pierde la posibilidad de continuar estudiando y termina atrapado en una trayectoria sin movilidad.

Para las mujeres, el ciclo puede agravarse cuando el cuidado familiar recae casi exclusivamente sobre ellas. La falta de guarderías, horarios flexibles, transporte seguro, corresponsabilidad doméstica y oportunidades de reinserción convierte una responsabilidad familiar legítima en expulsión permanente de la educación y del empleo.

No toda pausa educativa constituye fracaso. Cuidar a un hijo o a un familiar puede ser una expresión profunda de amor y responsabilidad. La injusticia aparece cuando la sociedad se beneficia de ese cuidado, pero abandona a quien lo presta y le cierra el retorno al estudio o al trabajo remunerado.

El costo que no aparece en el presupuesto

Una tasa juvenil de exclusión cercana al 21 % tiene consecuencias que se extienden durante décadas. El joven pierde aprendizaje, experiencia, ingresos y cotizaciones. La familia prolonga su dependencia económica. El país reduce su productividad y debilita la base futura de la seguridad social.

También existe un costo moral. Cuando una persona atraviesa los años decisivos de su formación sin una comunidad que la necesite, puede interiorizar la idea de que su esfuerzo carece de valor. El desaliento no es solamente ausencia de búsqueda laboral; puede convertirse en pérdida de confianza en las instituciones, en los adultos y en el propio futuro.

La respuesta no puede consistir en repartir cursos sin relación con empleos reales. Tampoco en celebrar ferias laborales que ofrecen las mismas plazas precarias a miles de aspirantes, ni en llamar emprendimiento a cualquier mecanismo individual de supervivencia.

Capacitar para puestos inexistentes sólo cambia el nombre de la frustración.

La doctrina social de la Iglesia no acepta una juventud descartada

La visión cristiana parte de una verdad anterior al mercado: cada joven posee una dignidad que no depende de su productividad, su salario o su éxito académico. Esa dignidad no justifica la pasividad social; exige crear condiciones para que la persona desarrolle sus capacidades y contribuya al bien común.

San Juan Pablo II, en la carta apostólica Dilecti amici, dirigida a los jóvenes, recordó a gobernantes y responsables de la economía que el trabajo es un derecho y que la política económica debe preocuparse especialmente por las oportunidades laborales juveniles. Su advertencia sobre la “plaga del desempleo” conserva plena actualidad.

La constitución pastoral Gaudium et spes enseña que la sociedad debe ayudar a los ciudadanos a encontrar trabajo suficiente y que la remuneración debe permitir una vida digna en los ámbitos material, social, cultural y espiritual.

La declaración Gravissimum educationis sitúa la educación dentro de la formación integral de la persona y su participación responsable en la sociedad. Educación y trabajo no son mercancías separadas: ambas instituciones deben servir al desarrollo humano completo.

León XIV, en Magnifica humanitas, advierte que la precariedad y la reducción de oportunidades laborales repercuten especialmente sobre los jóvenes, las familias y las economías locales. Una economía que deja fuera a sus nuevas generaciones puede producir cifras aceptables durante un tiempo, pero está consumiendo su propio futuro.

La doctrina católica exige evitar dos errores. El primero consiste en idolatrar al mercado y culpar al joven por no encontrar el lugar que la economía no creó. El segundo consiste en sustituir la responsabilidad personal por dependencia permanente del Estado. La respuesta correcta combina libertad, deber, solidaridad, subsidiariedad y bien común.

Ocho medidas para reconstruir el camino

Reducir esta exclusión requiere políticas diferenciadas, porque no existe una sola causa. El Salvador debería desarrollar al menos ocho líneas de acción:

  1. Identificar las trayectorias reales. Publicar la tasa por sexo, edad, territorio, nivel educativo, discapacidad, responsabilidades de cuidado y condición de búsqueda de empleo. Un promedio nacional no permite diseñar respuestas precisas.
  2. Crear rutas de segunda oportunidad. Facilitar el regreso al bachillerato, la formación técnica y la universidad mediante horarios flexibles, modalidades combinadas y reconocimiento de aprendizajes previos.
  3. Apoyar a quienes cuidan. Ampliar servicios de cuidado infantil y dependiente, promover corresponsabilidad familiar y permitir que madres y cuidadores jóvenes retomen estudios o empleo sin abandonar a sus familias.
  4. Garantizar primeras experiencias remuneradas. Las prácticas, pasantías y aprendizajes deben ofrecer formación real, supervisión y compensación. La falta de experiencia no puede convertirse en barrera que sólo superan quienes pueden trabajar gratis.
  5. Conectar formación con demanda verificable. Todo programa de capacitación pública debe publicar sus tasas de finalización, colocación, salario y permanencia laboral.
  6. Atender salud y discapacidad. Incorporar apoyo psicológico, rehabilitación, accesibilidad y acompañamiento para jóvenes cuya desvinculación no es principalmente económica.
  7. Reducir las barreras territoriales. Transporte, conectividad y oferta formativa descentralizada son indispensables para que nacer lejos del área metropolitana no determine el futuro.
  8. Crear trabajo digno. Ninguna estrategia educativa funcionará si la economía continúa generando mayoritariamente empleo informal, inestable y de baja productividad.

Estas medidas deben aplicarse con evaluación pública. No basta contar beneficiarios inscritos en un curso. Debe saberse cuántos regresaron a estudiar, cuántos consiguieron trabajo, bajo qué condiciones y cuánto tiempo permanecieron vinculados.

Una generación no es material descartable

La cifra cercana al 21 % no describe una juventud inútil. Describe una sociedad que todavía no logra ofrecer caminos suficientes entre el hogar, la escuela, la formación y el trabajo.

El descenso desde 2019 demuestra que el problema puede reducirse. La brecha entre mujeres y hombres demuestra que no se reducirá con programas indiferenciados. La informalidad demuestra que cualquier empleo no basta. Y el peso de los cuidados no remunerados demuestra que las palabras pueden ocultar trabajo real bajo la apariencia de inactividad.

El Salvador debe abandonar la comodidad de la etiqueta “nini”. No estamos ante una categoría humana, sino ante una situación estadística que puede y debe cambiar.

Cada joven recuperado para el estudio, la formación o el trabajo digno representa más que una mejora porcentual. Significa una vocación rescatada, una familia fortalecida y una capacidad incorporada al bien común.

La pregunta no es por qué tantos jóvenes no han encontrado un lugar. La pregunta más honesta es qué han hecho el Estado, las empresas, las instituciones educativas, las comunidades y las familias para construirlo.

Una nación que deja a uno de cada cinco jóvenes fuera de sus principales caminos de integración no enfrenta solamente un problema laboral. Enfrenta una crisis de esperanza.


Nota metodológica

  • ILOSTAT define la tasa NEET como la proporción de jóvenes de 15 a 24 años que no se encuentran empleados ni participan en educación o formación. Su denominador es toda la población juvenil del grupo, no únicamente la fuerza laboral.
  • El perfil de país de ILOSTAT muestra 21.6 % para El Salvador en 2024.
  • La serie de Indicadores del Desarrollo Mundial, cuya fuente es la base de estadísticas laborales de la OIT y cuya página indica acceso a la fuente el 22 de junio de 2026, registra 20.536 % para el total, 29.891 % para las mujeres y 11.136 % para los hombres en 2024. Ante esa diferencia entre versiones, el artículo utiliza “alrededor del 21 %” como conclusión general y reserva los desgloses para la serie internamente consistente.
  • El indicador no identifica por sí solo la causa individual de la desvinculación y no autoriza a atribuir pereza, rechazo voluntario al trabajo ni una motivación única a quienes integran el grupo.

Fuentes principales


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