EL SALVADOR (1980-2015): LA GUERRA DEL RESENTIMIENTO Y LA AVARICIA.
Introducción.
La guerra civil de los años ochenta en El Salvador constituye, en la actualidad, motivo de aguda reflexión, no solo para nuestra nación sino para el resto del mundo.[1] El paradigma histórico que defiende el proyecto de la guerra como recurso obligado para lograr cambios justos vuelve de nuevo a ser cuestionado, porque, debido a sus inconmensurables costos, representa un fracaso de la sociedad entera, pero principalmente de quienes la dirigen.
Atrevernos a entender la dinámica del fenómeno bélico de aquel período amerita un esfuerzo diferente, porque deberemos integrar no solamente el academicismo de la historia o los insumos de ideologías foráneas, sino principalmente el contexto cultural, que subsume en cada salvadoreño el bagaje arrastrado desde el momento de la colonización europea. Labor compleja que escapa al objetivo del presente ensayo, pero que debería procurar integrarse en otros estudios para evitar reduccionismos peligrosos.
En tal sentido, guerra y posguerra en El Salvador, de finales del siglo XX y principios del XXI, escapan a una interpretación unívoca; de aquí, la necesidad de realizar un balance de los avances y retrocesos derivados de aquel período, pero aplicado a las fibras más íntimas de la sociedad. Porque hasta el día de hoy —independientemente de cualquier valoración teórica— aún no se ha podido demostrar que todo aquel esfuerzo fuera necesario. Por ello, el debate sobre las causas y consecuencias del conflicto armado hoy, más que nunca, permea la conciencia del conglomerado social, sembrando dudas importantes sobre la existencia de un sesgo en la interpretación integral del fenómeno de pobreza e injusticia en la sociedad salvadoreña.[2]
Pero, principalmente, se trata de plantear una reflexión retrospectiva y prospectiva respecto a la modalidad utilizada para superar el subdesarrollo, basada en el uso de la violencia —de hecho o de derecho—[3], confirmada por el statu quo académico, de gran prestigio a nivel nacional e internacional, legitimador del belicismo, y donde confluyeron las grandes mayorías, lideradas por intelectuales afectos, además de sectores representativos de la vida religiosa.
A consecuencia de la mezcla inédita de sus protagonistas, se sucedieron —además de los innumerables asesinatos inherentes a esta guerra[4]— también los habidos dentro del clero, los cuales han marcado el quehacer político hasta nuestros días, creando una memoria colectiva sujeta también a ser revisada.
Sin embargo, la pregunta queda abierta: ¿valieron la pena todos aquellos años de guerra, teniendo en cuenta la actual situación del país, después de casi cuatro décadas de iniciado el conflicto?
Lo anterior demuestra que no existen sectores estancos cuando una sociedad específica se encuentra en crisis; por ello nunca se debería rechazar, y mucho menos reprimir, cualquier participación que aspire a solucionar las causas de un conflicto. Pero también está el reto de aceptar que, al formar parte de lo humano, se subsumen también las limitantes intrínsecas a su naturaleza. De esta última afirmación surge la posibilidad de reinterpretar todo este período.
Notas
[1] Claro está que el conflicto se inició con más intensidad desde mediados de los años setenta, pero tuvo su repunte durante la década de los ochenta. (N. del A.) Cfr. Luis Armando González, «1970-1992: dos décadas de violencia sociopolítica en El Salvador», Revista ECA, octubre de 1997. Para que exista honestidad intelectual, es preciso definir el horizonte de los conceptos, así como su alcance.
[2] En tal sentido, al hablar de pobreza e injusticia, es preciso reconocer que ambas pertenecen a priori a una realidad humana, la cual incluye no solo a quienes la padecen, sino principalmente a quienes la generan y la mantienen. Restringir aquellos conceptos —que tanto han saturado discursos contestatarios e ideologías, asimilados incluso a tendencias teológicas— no hace más que favorecer primero la ignorancia y luego la violencia. (N. del A.)
[3] Los actuales problemas pandilleriles, no solo a nivel nacional sino mundial, son reflejo de la operatividad con la que los imperios resuelven su hegemonía. Esta legitimación de la violencia como recurso efectivo dentro de la sociedad darwinista moderna es aprehendida de manera consciente y subconsciente. En tal sentido, su repetitividad estará facilitada y potenciada en sociedades con altos índices de pobreza y marginación. (N. del A.)
[4] «En términos per cápita, el terror de Estado salvadoreño fue uno de los más graves en el hemisferio. Los 42 171 muertos por las fuerzas del gobierno durante los seis años de apogeo de la violencia, a partir de 1978 hasta 1983 (Socorro Jurídico Cristiano, 1984), constituían cerca de un 1 % de la población». Cfr. William Deane Stanley, The Protection Racket State: Elite Politics, Military Extortion, and Civil War in El Salvador, Temple University Press, Philadelphia, 1996, p. 3.