«Los partidos políticos en El Salvador, o los imaginarios del poder».

El ejercicio del poder político, económico y social no siempre necesitó de partidos políticos para expresarse dentro de los conglomerados humanos.
Pero actualmente, la existencia de estas asociaciones humanas —partidos políticos— parece haberse convertido en un hecho consumado; por ello, atreverse a poner en duda su papel en el desarrollo de los “pueblos libres” se ha convertido en anatema, propio de enajenados o antisistemas irresponsables. Sin embargo, esta aparentemente inexpugnable construcción ideológica tuvo su nacimiento en las mentes de quienes, en un momento de la historia, se creyeron dueños de una verdad que hoy está demostrando que no funciona para las grandes mayorías.
Lo anterior, al parecer, surgió del proyecto ilustrado venido desde mediados del siglo XVIII, y anclado en aquel paradigma de la modernidad que postulaba el hecho de que el mundo tendría que ir evolucionando inexorablemente hacia su perfección, casi como un destino; pero esto perdió vigencia y credibilidad, principalmente en el siglo XX y lo que va del XXI.
Las dos guerras mundiales, y los múltiples conflictos de la postguerra por el control sobre los recursos del planeta, demostraron que los proyectos impulsados por estas modernas democracias han sido un rotundo fracaso. El repunte del nacionalismo en el siglo XIX también se potenció con el auge de la revolución industrial y burguesa; lo cual condujo a que el capitalismo iniciara su ascenso meteórico, y no nos cabe la menor duda de que en esta dinámica se hayan reclutado los intelectuales orgánicos, a fin de legitimar y promover este nuevo modelo de ejercicio del poder. Los historiadores hacen malabares tratando de entender este fenómeno, al cual han llamado «la era del nacionalismo». Que ha surgido con más fuerza desde principios del siglo XIX, y que paulatinamente generó el imaginario ideológico del cual se cree surgieron los símbolos y sentimientos patrios. Paradójicamente, todo esto ha servido para justificar la existencia de los Estados soberanos modernos; así, las principales potencias —con escasas excepciones— han basado su prosperidad en un control empobrecedor sobre la mayoría de la población mundial. A la cual han sometido merced al embrujo enajenante de ideologías adormecedoras, o, en el peor de los casos, al uso de la fuerza como amenaza directa, o al exterminio concreto. De igual manera, en El Salvador la historia abunda en evidencias respecto al estilo de cómo se ha ejercido el poder político-económico; así como de las consecuencias que han llevado a cruentas guerras y levantamientos coyunturales. Lo importante en todo esto es que, en teoría, las injusticias o trasgresiones cometidas contra la población civil se ejecutaron por gobiernos legítimamente elegidos mediante el sufragio, y por supuesto, previamente agrupados en “partidos políticos”.
Por lo anterior, las categorías de «patria», «nación», «bandera», «himno nacional», «historia oficial”, etc., no han existido como entidades absolutas desde el inicio de los tiempos, sino que surgieron como respuesta a la necesidad de crear una estructura ideológica que en teoría se habría tenido que vincular al ejercicio de un poder soberano y justo. Elegido de manera cíclica, democrática y libre. Esto último enfrenta graves controversias, porque el incumplimiento de los compromisos asumidos por quienes han ejercido el poder político nos obliga a replantearnos si el camino escogido desde la Independencia de España en 1821, en el actual El Salvador, fue en realidad la vía para introducirnos en la modernidad. O fue, simplemente, la apuesta de algunos grupos de poder por una hegemonía más eficiente, y reforzada por un aparato jurídico-político elegante, pero falso.

No dudamos que ha existido un divorcio entre la teoría y la práctica en lo tocante al ejercicio del poder; y esto no sólo debería ser atribuido a un efecto azaroso, propio del acontecer histórico. Porque es en la praxis política donde podemos ver el atraso o desarrollo de los pueblos. Y sólo desde aquí será posible analizar con pensamiento crítico las probables causas que han generado esta aparente contradicción entre lo que los partidos ofrecen en campañas y lo que realmente cumplen.
Ahora, con el enorme repunte demográfico, la globalización, y el acelerado empobrecimiento de los pueblos, es mayor la urgencia que tenemos para aclarar y definir el nuevo rumbo que es preciso construir en El Salvador.
Es útil recordar para nuestra reflexión que en El Salvador se impulsó, desde la segunda mitad del siglo XIX, un modelo de ciudadanía, pero de carácter restringido; caracterizado por un desigual acceso a la riqueza, al sufragio, así como a la posibilidad de ostentar cargos políticos relevantes, mucho menos de haber tenido la capacidad de organizarse en partidos políticos exitosos —¿acaso no se parece lo anterior al actual El Salvador?—. Las reformas liberales del último tercio del siglo XIX marcaron como un fierro candente a los grupos mayoritarios, pues bajo la pretendida intencionalidad de modernizar a la naciente república, se impulsaron una serie de reformas sociales, políticas y económicas que sólo lograron fortalecer a una elite capitalista, terrateniente y cafetalera… el resto es historia. ¿Pero qué tienen que ver los partidos políticos en todo esto? Precisamente porque a través de ellos se agruparon las diferentes tendencias dentro de los grupos de poder; y propiciaron la construcción de una estructura ideológica potente, pero al servicio de sus intereses. Si esto no basta, entonces preguntemos: ¿qué ha sido del salvadoreño común y corriente desde que se proclamó la independencia de España? Porque la mentalidad que se ha construido desde entonces ha creado una idea casi impenetrable respecto a la incuestionabilidad del rango y respetabilidad de quienes se empoderaron desde entonces, y posteriormente se agruparon en facciones políticas, los que han llegado a ser —con algunas excepciones— los actuales «partidos políticos”. Y es precisamente en esto donde se encuentra la trampa, porque no es posible que los conceptos de “Nación y Patria” se amarren a la existencia de concepciones abstractas y esencializadas que hasta ahora no han respondido a las necesidades de la población.

Las elecciones presidenciales en un país como El Salvador nos obligan a replantearnos si aún es necesario y conveniente asistir a ejercer el sufragio, porque en teoría su funcionalidad ha creado una distorsión en la articulación del poder, inclinando la balanza hacia sectores empoderados, muchos de ellos herederos de este imaginario equivocado del ejercicio del poder, y que no respeta a las fuerzas políticas ni de la derecha, ni de la izquierda. En el escenario actual, difícilmente se han creado las condiciones reales para que el pretendido “ejercicio democrático del derecho al voto” —discurso falso y repetitivo— constituya “La Posibilidad” para la construcción de un país de verdaderos ciudadanos.
Por lo anterior, los partidos políticos en El Salvador, al parecer, no concentran a los individuos representativos de los intereses del conglomerado nacional. Excepto a los administradores antiguos y modernos de los polos de interés político y económico. Los mal llamados “partidos políticos”, que funcionan SÓLO como instrumentos para ejercer un modelo de dominación en nada compatible con aquello a lo que cualquier conglomerado humano podría aspirar, aquí o en la China.
En consecuencia, su existencia es obsoleta, y además nociva para la supervivencia de cualquier sociedad, llámese nación, tribu, horda, etc.
Los pueblos antiguos fueron más honestos, pues sus dirigentes no eran simplemente los más locuaces, intrigantes o criminales; sino los guerreros mejor dotados, no sólo por sus cualidades con la espada, sino por su ascendiente sobre aquellos grupos humanos que protegieron y dignificaron; quienes les siguieron, casi siempre, hasta la muerte.
¿Qué hemos perdido de aquellas épocas, y qué tenemos ahora? ¿Son los actuales partidos políticos el instrumento para nuestra dignificación? Y si no lo son, entonces decidamos “bien” para las próximas elecciones presidenciales del 2014.

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