Una de las causas de la injusticia en el mundo es el desigual acceso a la información; y este hecho es fácil de entender: la información es poder. Ya Michel Foucault (Historia de la sexualidad 1: la voluntad del saber, 1976) expresó con claridad lo siguiente:
«El discurso transporta y produce poder; lo refuerza pero también lo mina, lo expone, lo torna frágil y permite detenerlo”.
Esta frase lapidaria formula la revancha que las mayorías oprimidas en el mundo realizan de variadas formas. En tal sentido, debemos entender que el proyecto de modernización del mundo, aunque posee elementos que podrían ser aparentemente exitosos, su fin último no ha demostrado, hasta ahora, estar de la mano con la implementación de una justicia y equidad globales. A lo anterior podemos agregar que los más modernos avances en tecnología y ciencia no necesariamente han generado más riqueza en los pueblos empobrecidos, sino todo lo contrario. El reclamo que se hace desde los países imperiales ante lo antes descrito es que la precarización sufrida en las periferias atrasadas del mundo se debe a causas exclusivamente endógenas, y que la responsabilidad es única y exclusivamente de aquellas poblaciones. Todos sabemos que en este momento el empoderamiento y eficiencia de los imperios sobrepasan en complejidad a los ejercidos en siglos anteriores. Actualmente la guerra mediática mundial parece tener especial eficacia, pues gran parte de nuestra población joven ha generado un gusto y preferencia por lo foráneo. Y no por casualidad, sino como respuesta condicionada ante el bombardeo que han sufrido desde el primer momento en que arribaron al planeta, y que se ha constituido casi en una concepción del mundo que les obliga a rechazar de manera subliminal no sólo sus valores autóctonos, sino más gravemente, a ellos mismos. Lo anterior no obra por azar, sino como el resultado “concreto e identificable” de un proyecto histórico destinado a crear no sólo países subalternos y dependientes; sino fundamentalmente a neutralizar el ímpetu y posibilidades liberadoras contenidos en el espíritu de las presentes y futuras generaciones. En tal sentido, pareciera que estamos viviendo una época de grandes libertades, pero lo que realmente está pasando es que el acceso a la verdadera información sigue restringido, hoy más que nunca. De aquí, no extraña la reacción de los imperios modernos ante los sonados casos de Wikileaks, Pirate Bay, o la liberación de información efectuada recientemente por el ex técnico de la CIA Edward Snowden. Lo anterior podría ser interpretado, erróneamente, sólo desde la visión oficial imperial, lo cual constituiría un grave error; pues perderíamos la oportunidad de revelar algunos de los secretos que, de alguna manera, a todos nos han afectado, o podrían hacerlo en un futuro cercano. Y la razón del temor de parte de las potencias a lo anterior, así como de las represalias ejercidas hacia todos aquellos que se desvíen del orden trazado desde este modelo de poder, es que la articulación del rompecabezas de la hegemonía mundial está basada actualmente ya no tanto en el despliegue de la fuerza de coerción militar, sino en la credibilidad que le otorga la población mundial, que aún cree en el proyecto de la modernidad abanderado por los centros de poder. Porque si en teoría se tuviese acceso libre a una información veraz que demostrara que muchas de las guerras, proyectos de asistencia económica y política en el mundo no son en absoluto lo que se nos dijo desde siempre, entonces veríamos caer de una vez por todas el imperio de la mentira, que probablemente es el responsable de mucha de la injusticia y hambre que existe en el mundo. Estaríamos arribando, desde esta perspectiva triunfalista, a una nueva época, donde, tal vez, podríamos construir una sociedad más justa e igualitaria.
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