La filantropía, beneficencia y caridad en A.L.: armas de control y dominación.


Cuando vemos en el plató de los medios de comunicación cómo algunos personajes, instituciones o países buscan granjearse el beneplácito de los sectores mayoritarios, haciendo donaciones millonarias o creando fundaciones, surge una pregunta legítima y necesaria: ¿cuál es la verdadera intención en todo esto, teniendo en cuenta que los grupos o países a quienes van dirigidas tales acciones son y han sido pobres y oprimidos generacionalmente? Es evidente que la limosna no es mejor que la conducción ordenada y justa de una sociedad, la cual en teoría posee una organización política que le obliga a suplir las necesidades básicas de sus miembros, así como la de promoverlos generacionalmente.

Por esto, la beneficencia y la caridad pasan a ser estrategias de dominación y control de los grupos dominantes, pues ya desde la segunda mitad del siglo XIX, e inspirados en el liberal-positivismo, se apropiaron del discurso de la beneficencia y la caridad. Fundaron, desde este paradigma, hospitales, asilos, hospicios, etc., los cuales en su mayoría fueron apadrinados y financiados por personajes vinculados al poder vigente, pero que sólo pretendieron consolidarse en el imaginario del colectivo social, para adueñarse del beneplácito del mismo y, en gran medida, justificarse como los más virtuosos y capaces de construir un modelo de sociedad más evolucionado. Modernamente, este modus operandi puede rastrearse en eventos ya de carácter internacional como las teletones, que usan y abusan de estas mismas estrategias de control y dominación, apelando a valores espirituales de solidaridad social, pero que en ninguna medida han logrado resolver los problemas que en teoría les inspiran, y ni lo podrán hacer, porque esto corresponde al Estado como una responsabilidad de Nación y, por tanto, intransferible.

Por esto, es necesario tener en cuenta que no basta ser objeto de la caridad o filantropía, sino que habría que tomar conciencia del mensaje y los objetivos que se ocultan en estas estrategias, que en absoluto son nuevas, pero que parecieran tener, como ayer, la fuerza necesaria para que las cadenas de la opresión y la dominación sean más sólidas.

No hay que confundir todo esto con la legítima caridad que ha surgido de una postura bíblica honesta; más bien habría que entender que los grupos dominantes reconocen en esta virtud un instrumento ideológico muy sutil, poco rastreable y fácil de implementar.

Pidamos, en lugar de beneficencia, caridad y filantropía, los insumos justos y necesarios para una vida digna, llena de alegría, en respeto e igualdad; lo único que le da sentido al ejercicio del poder. Pero si le apostamos a la beneficencia, caridad y filantropía, veremos más violencia de la que jamás nos podríamos imaginar. Latinoamérica no debe ni quiere ser pobre, y para ello necesitamos un nuevo discurso donde denunciemos todas aquellas situaciones vergonzosas que hemos heredado, y que no deberíamos heredar a las generaciones por venir.

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