Tras el sueño americano, el sueño salvadoreño deja de ser parte de la vida y se convierte en muerte; primero desaparece el cuerpo y luego el espíritu.
No existe un lugar digno para quien deja la patria movido por el temor o el hambre. ¿Pero quién abandona el hogar por placer y con júbilo? Dejar la paz por la guerra sólo ocurre en países desgraciados. El Salvador sufre este crimen histórico, impávido ante el dolor lejano de nuestros moribundos compatriotas. Ellos son los Cristos modernos, encerrados aún en el sepulcro, esperando su domingo de resurrección. Unas monedas de plata bastarán quizás para acallar las conciencias del verdadero vulgo. Monedas que bien podrán terminar en los cofres de los mismos mercaderes, aquellos que antaño vendieron su alma y su madre al mismo Lucifer… por unos dólares más.
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